Miércoles 16 de septiembre de 2026

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San Luis Rey

Homilía de monseñor Gabriel Bernardo Barba, obispo de San Luis, en la solemnidad de San Luis Rey, patrono de la diócesis y de la provincia (25 de agosto de 2026)

Lecturas: Is 58, 6-11 | 1Jn 3,14-18 | M7 22,34-40

Las lecturas correspondientes a esta celebración Eucarística nos hablan de un Dios que nos lleva a una fe viva. A vivir una fe verdadera, encarnada, que se compromete con la vida y con la historia.

En la primera lectura Isaías nos dice con mucha claridad cual es el ayuno agradable a Dios. No se tratan de meras normas y cumplimientos externos inconexos con la realidad de los hermanos de camino. Y justamente lo que hace agradable a Dios nuestro camino como creyentes, nos remite a acciones que tienen que ver con el prójimo. Con la justicia, con la libertad. Con quitar lazos y yugos que oprimen la libertad inserta en lo más profundo de cada ser humano.

Termina el texto invitando a ser como un jardín bien regado, como una vertiente de agua, cuyas aguas nunca se agotan.

Tantas veces... y no sin peligro... acotamos nuestras prácticas religiosas a mundos muy íntimos... peligrosamente desencarnados. Muy puros y de limpia expresión, pero carentes de vida compartida desde el amor y la justicia.

El Papa Francisco en Evangelii Gaudium, nos recordaba con fuerza esta dimensión histórica de la misión eclesial, señalando que:

"Nadie puede exigirnos que releguemos la religión a la intimidad secreta de las personas, sin influencia alguna en la vida social y nacional, sin preocuparnos por la salud de las instituciones de la sociedad civil, sin opinar sobre los acontecimientos que afectan a los ciudadanos".

Cuando vemos gente que pone en práctica todo esto y vive una profunda experiencia mística tal como lo plantea Isaías, enseguida nos damos cuenta de su inserción en la vida y ponen luz a la sociedad. Muchos de nosotros tuvimos la suerte de conocer como alguien contemporáneo a nuestra historia, a la Madre Teresa de Calcuta. Su caridad exquisita para con los más pobres, su entrega generosa y auténtica le hizo valer el respeto de toda la humanidad más allá de sus propias creencias. Sin duda, evangelizó con sus obras y con su ejemplo. Basta nombrarla para tener clara su impronta.

Lo que ella ha vivido, también lo podemos vivir nosotros.

Cada santo ha sido un testigo fiel en su tiempo y en su historia.

Quien nos convoca hoy, San Luis, Rey de Francia, ha sido justamente proclamando Santo por su vida y por camino de fe. Encarnado, sincero..., fiel.

Marcado por la educación que le ha dado su madre. Marcado por la fe vivida en familia. Lo que él ha recibido a su vez, lo ha transmitido a sus hijos plasmándolo en su admirable testamento. Luz para sus hijos y hoy luz para todos los creyentes que quieran también transitar un camino de santidad. Nos enseñó a comprometernos en el tiempo, con la visión de la eternidad. Cuánto necesitamos hoy fortalecer ese concepto de la vida que nos habla del hoy y de la eternidad como algo inseparable.

Al finalizar el Evangelio de San Mateo Jesús dice: "Hagan que todos los pueblos sean mis discípulos".

Ese TODOS nos dice que el llamado a la santidad no excluye. Todo lo contrario. Ya no queda solo como el destino de un solo pueblo... un llamado restrictivo.

La invitación es a todos, pero la respuesta es propia de la libertad de cada uno.

No hay lugares donde la Luz de Dios, la Luz del Evangelio no deba brillar.

Un lugar tan característico como el de un rey... con el deber de gobernar a un pueblo y en un determinado territorio, no queda exento de aquella luz que debe brillar para que el reino de Dios se extienda.

No es fácil... claramente...

El ejercicio del poder... no es fácil...

Sin embargo, la postura de Jesús no ha sido la de excluir, como decía recién, sino que, en este caso..., para el ejercicio de aquellos que tienen autoridad y deben justamente, ejercitar el poder, Jesús decía: "entre ustedes debe ser distinto". No con los criterios del mundo. Del dominio, de la acumulación, de la imposición...

San Luis, fue Terciario Franciscano. No tenía los votos propios de los que pertenecen a la Vida Religiosa, pero sí, compartía el mismo carisma de San Francisco desde su camino secular. Como laico. Pero, en su caso, no sólo como laico, sino, desde un lugar mucho más difícil: como Rey.

Su amor a San Francisco le llevó a una espiritualidad del servicio y del desprendimiento. De profunda sensibilidad hacia los más pobres. Y como buen gobernante lo hizo con particular cuidado a los más débiles. Tenían un lugar en su corazón.

Nosotros al invocarlo hoy, pedimos su protección y bendición. ¡La necesitamos...

Pero tenemos también que seguir su ejemplo y vivir en nuestro tiempo los mismos valores que él ha vivido.

El Evangelio de nuestro Señor Jesucristo sigue tan vivo y necesario como siempre.

Nuestro mundo hoy necesita de un anuncio de Esperanza.

Un mundo donde nadie quede fuera.

Un mundo donde nadie sea descartado.

Un mundo donde todos tengan lo necesario para vivir dignamente.

En la segunda lectura de hoy, San Juan en su carta expresa: "El que no ama está en un estado de muerte". No se puede vivir sin amor. No se puede vivir sin amar y sin ser amado. No se puede vivir sin dejarse amar. Y este amor que Dios nos ha dado, lo tenemos que comunicar.

Cada santo, en su tiempo, es quien ha sido capaz de amar y de ser amado.

De dar respuesta a su alrededor y de cambiar su mundo, con la mirada puesta en la Patria celestial, pero construyendo aquí y ahora el Reino de Dios. Reino de paz... Reino de justicia.

Con que fuerza y claridad, hace muy poco, el Papa León XIV nos dejó esta valiosa encíclica Magnífica humanitas donde, como decía recién, nos invita a vivir una fe encarnada en la historia:

N° 16. A todos los fieles católicos, a todos los cristianos, a todos los hombres y mujeres de buena voluntad les dirijo un vehemente llamamiento: no temamos ensuciarnos las manos en la obra de nuestro tiempo. Como Nehemías, oremos, proyectemos con sabiduría, trabajemos con perseverancia, poniendo a Dios en el horizonte de nuestro actuar y al ser humano en el centro de nuestras decisiones. Entonces las piedras desechadas -los pobres, los enfermos, los migrantes, los pequeños- se convertirán en piedras angulares, y sobre la tierra surgirá un hogar común sólido y hospitalario, donde el amor y la verdad finalmente se encontrarán, y la justicia y la paz se besarán (cf. Sal 85,11).

N° 18. ...Una Iglesia que camina con la humanidad, reconoce la autonomía de las realidades terrenas y la distinción entre comunidad eclesial y comunidad política y, precisamente por eso, aspira a servir al bien común.

Con su ejemplo, San Luis Rey en esta misma línea y en su tiempo, hizo oír su voz y actuó en consecuencia.

Nosotros como Iglesia debemos seguir su ejemplo.

Permítanme una última cita también del Papa León en la misma encíclica donde nos interpela diciendo:

Cuando la dignidad de los hermanos se ve desfigurada, cuando la política no responde a los dramas de la humanidad, cuando la economía se vuelve contra la persona o la ciencia traspasa los límites de su método, [22] la Iglesia -junto con las demás confesiones cristianas y los creyentes de otras religiones- debe hacer oír su voz no para dominar, sino para servir a la comunión. Entendida así, la Doctrina social se convierte en una teología de la comunión en la historia; un lugar en el que la Palabra, hecha carne, sigue convirtiéndose en diálogo, memoria y profecía.

Recordar a nuestro Santo Patrono debe inspirarnos a continuar con su obra. Lo haremos no solo llevando con orgullo su nombre sino también viviendo en consecuencia la Palabra de Dios viva y encarnada en nuestra sociedad de San Luis, en la cual debemos ser testigos vivientes de Cristo, portadores de esperanza.

Nuestra Provincia lleva su nombre... ojalá que todos los hombres y mujeres de buena voluntad nacidos en esta tierra o los que vinimos de otras, pero hoy ya somos hijos de esta tierra, con orgullo vivamos nuestra identidad no solo con la portación de su nombre sino, con la alegría de vivir su ejemplo de fe y de servicio a los hermanos pero, especialmente cercanos a los más vulnerables y necesitados, donde Dios se hace especialmente presente.

Mons. Gabriel Bernardo Barba, obispo de San Luis