No dejarme llevar por la presión de los demás. Pidamos a Dios la fortaleza para hacer siempre el bien.
Mirar a los demás con menos prejuicios. Abramos el corazón para descubrir el bien que Dios siembra en cada persona.
Cambiar aquello que no refleja el amor de Dios. Que nuestras acciones reflejen cada vez más la bondad y misericordia de Dios.
Dar gracias por los tesoros que ya tengo. El corazón agradecido descubre la presencia de Dios incluso en las cosas más sencillas.
No darle lugar al rencor ni al resentimiento. El bien crece cuando dejamos de alimentar aquello que nos aleja del amor.