En el mes de una nueva celebración de la independencia de nuestra patria, la Región Buenos Aires de la Comisión Episcopal de Pastoral Social de la Conferencia Episcopal Argentina ha convocado a los dirigentes de los diversos sectores que conforman nuestra comunidad: el Estado -representado por los municipios y legisladores de diversos partidos políticos-, regionales de las organizaciones sindicales, de movimientos populares y de las cámaras empresarias, cooperativas, estudiantes y rectores de universidades nacionales.
Nos reunimos bajo el lema "De Francisco a León XIV en tiempos de polarización" buscando escucharnos para construir un futuro socialmente justo y fraterno para nuestra región metropolitana y nuestra Patria. Hemos abordado durante la mañana y en seis comisiones, principios esenciales del pensamiento social de la Iglesia: "La dignidad humana en el centro de toda innovación tecnológica"; "Brecha digital y nuevas desigualdades bajo el principio de justicia social"; "Subsidiariedad; el rol de las organizaciones de la sociedad civil"; "Salud mental, soledad y fragmentación social"; "Polarización y cultura del encuentro: la buena política al servicio de la paz y el bien común" y "Trabajo, empleo y futuro humano". Fruto de la escucha, las opiniones de los participantes y el debate respetuoso, se confeccionó el presente mensaje final.
En primer lugar, cabe resaltar el lugar donde nos encontramos hoy: el Pequeño Cottolengo Don Orione es un auténtico proyecto de inclusión social, con la profunda convicción que no hay personas desechables ni vidas sobrantes. Aquí no gobierna la "cultura del descarte", ni la lógica del beneficio o la eficiencia. Aquí gobierna el amor a los más débiles. Pedimos un aplauso para los trabajadores y los directivos de esta magnífica obra.
En segundo lugar, remarcar que nuestra región metropolitana y nuestra Patria se encuentra afectada por un profundo proceso de polarización que no nos permite construir una identidad común, donde se priorizan intereses sectoriales: esto ha generado una sociedad fragmentada y dividida, existiendo una marcada disociación entre lo que discute la "clase dirigente" y las necesidades de nuestro pueblo, agobiado por una situación cada vez más alarmante de falta de trabajo (o trabajo precario), pobreza y exclusión.
Ante semejante cuadro de situación, debemos poner a la política como la forma más alta de caridad, como nos indica Francisco, recuperando su rol de servicio al bien común, y no a grupos de poder. Así, "la política no debe someterse a la economía y esta no debe someterse a los dictámenes y al paradigma eficientista de la tecnocracia" (Fratelli tutti, 177), teniendo en cuenta que "el desprecio de los débiles puede esconderse en formas populistas que los utilizan demagógicamente, o en formas liberales al servicio de los intereses económicos de los poderosos" (Fratelli tutti, 155).
Se trata entonces de ejercer "la política con mayúscula", de entenderla como servicio, fomentando la expresión y la organización de nuestro pueblo. Una política no sólo para el pueblo sino con el pueblo, arraigada en sus comunidades, en sus valores y en sus tradiciones.
En su reciente gira pastoral por España, nuestro Papa León XIV también se refirió a la polarización diciendo que "?no es la cultura del enfrentamiento, sino la del encuentro, la que genera estabilidad y prosperidad» y que en la actualidad «la tentación de ganar popularidad avivando el fuego de las polarizaciones parece crecer, en lugar de disminuir» mientras que «la dignidad humana no deja de ser violada».
Esperamos que, de concretarse su visita a nuestro país, León nos ayude a dejar de lado las verdades simplistas para adentrarnos verdaderamente en los complejos problemas sociales que nos aquejan.
Esta primera Jornada Patria por la Cultura del Encuentro, nos reafirma en la urgencia del diálogo social como herramienta para encontrar soluciones compartidas y como antídoto a la polarización, buscando la construcción de un proyecto provincial y nacional que tenga como fin que el área metropolitana sea socialmente justa. Que el poder escucharnos, el compartir reflexiones y saberes, el debate fecundo y la necesidad de organizar la esperanza nos impulsen a dejar de lado la politiquería barata, alejada muchas veces de las necesidades reales de nuestro pueblo, y nos permitan construir vínculos que nos hagan "poner la patria al hombro".
Región Buenos Aires
Comisión Episcopal de Pastoral Social
Conferencia Episcopal Argentina
Almirante Brown, 18 de julio de 2026
Queridos hermanos y hermanas, queridos peregrinos: nos congregamos una vez más a los pies de Nuestra Señora de Itatí para celebrar los 126 años de su Coronación Pontificia. Llegamos desde distintos lugares, trayendo en el corazón alegrías y esperanzas, pero también preocupaciones, cansancios y sufrimientos. Venimos como pueblo peregrino para encontrarnos con la Madre que nos acompaña en el camino de la vida y nos conduce siempre hacia su Hijo Jesucristo.
El lema que ha iluminado esta novena expresa con profundidad el sentido de nuestra celebración: "Junto a María de Itatí, somos testigos de esperanza y alegría". No se trata de una consigna pasajera ni de un simple deseo. Es una vocación que nace del Evangelio y que hoy la Palabra de Dios vuelve a proponernos.
El profeta Zacarías anuncia una Jerusalén abierta, llena de vida y protegida por la presencia de Dios. Es una ciudad que no vive encerrada en sus miedos, sino sostenida por la promesa del Señor que habita en medio de su pueblo. También nosotros vivimos tiempos complejos. Muchas familias experimentan incertidumbre económica; numerosos jóvenes sienten preocupación por el futuro; no faltan quienes padecen la soledad, la enfermedad o la falta de trabajo. Sin embargo, la Palabra de Dios nos recuerda que el Señor no abandona a su pueblo. Él sigue caminando con nosotros y continúa sembrando esperanza allí donde parece imponerse el desaliento.
El Magníficat que hemos proclamado es el canto de una mujer creyente que descubre la acción de Dios en la historia. María no niega las dificultades de su tiempo, pero tampoco se deja vencer por ellas. Su mirada está puesta en la fidelidad de Dios. Por eso canta, alaba y se alegra. La verdadera esperanza cristiana no nace de un optimismo ingenuo, sino de la certeza de que Dios sigue actuando en medio de nuestras fragilidades.
En el Evangelio, Jesús nos dice: "Permanezcan en mi amor" y agrega: "Les he dicho esto para que mi alegría esté en ustedes y su alegría sea plena". La alegría cristiana no depende de que todo salga bien. Brota del encuentro con Cristo y de la experiencia de sabernos amados por Él. Cuando permanecemos en su amor descubrimos una fuerza interior capaz de sostenernos aun en medio de las pruebas.
Y aquí encontramos los grandes tesoros que Dios ha sembrado en nuestro pueblo, verdaderos antídotos frente a las dificultades de nuestro tiempo. El primero es la fe sencilla y perseverante de nuestras familias, que continúan rezando, confiando y buscando a Dios incluso en las circunstancias más adversas. El segundo es la solidaridad, esa capacidad tan propia de nuestro pueblo de tender la mano al que sufre, compartir el pan y acompañar al que está solo. El tercero es la esperanza que nace de la oración y que nos impide resignarnos ante el mal. Y el cuarto es la alegría de la fe, esa alegría serena que ninguna crisis puede apagar porque tiene sus raíces en Dios.
María de Itatí ha sido durante generaciones testigo silenciosa de la historia de nuestro pueblo. Ha visto pasar momentos de prosperidad y también tiempos de dolor. Y siempre ha permanecido aquí, recordándonos que Dios cumple sus promesas y que nunca abandona a sus hijos.
Queridos peregrinos, al celebrar este aniversario de la Coronación Pontificia, renovemos nuestra confianza. No permitamos que la desesperanza gane espacio en nuestros corazones. Caminemos junto a María, sosteniéndonos mutuamente como hermanos. Seamos, en nuestras familias, comunidades y lugares de trabajo, verdaderos testigos de esperanza y alegría.
Que Nuestra Señora de Itatí nos enseñe a mirar el futuro con fe, a vivir el presente con amor y a afrontar las dificultades con la certeza de que el Señor sigue haciendo maravillas en medio de su pueblo. Amén.
Mons. José Adolfo Larregain OFM, arzobispo de Corrientes
Queridos hermanos y hermanas:
Nos encontramos, una vez más, reunidos para celebrar la Eucaristía en la fiesta de María Rosa Mística. Este año lo hacemos en un contexto muy especial: el Jubileo Diocesano, con el que damos gracias al Señor por los veinticinco años de la unidad de las Iglesias de Avellaneda y Lanús. Bajo el lema "Renovando la alianza, caminamos juntos" [1] damos gracias por el camino recorrido y renovamos nuestra esperanza en el camino que el Señor sigue abriendo delante de nosotros.
La Palabra de Dios nos regala hoy una de las parábolas más bellas del Evangelio. Jesús sale a sembrar. No calcula, no mezquina la semilla, no selecciona el terreno. Siembra con una confianza desbordante. La semilla es siempre buena; el sembrador nunca deja de sembrar. La pregunta no es qué hace Dios, sino qué hacemos nosotros con el don que Él nos ofrece. ¿Qué clase de tierra encuentra hoy la Palabra en nuestro corazón? ¿Qué clase de tierra encuentra en nuestras comunidades, en la diócesis, en nuestro querido Valentín Alsina...?
En este Año Jubilar esa pregunta resuena con una fuerza particular. Porque una diócesis no se renueva solamente con celebraciones o proyectos. Se renueva cuando vuelve a escuchar la Palabra, cuando deja que el Evangelio eche raíces y transforme la vida de su pueblo.
Por eso, en las Orientaciones Pastorales 2026-2028 [2], les propongo tres grandes horizontes que se expresan en los acentos que convergen en el rostro de la Iglesia que esperamos seguir configurando entre todos.
Esperamos ser una Iglesia que se renueva con la alegría del Evangelio, una Iglesia que nunca se acostumbra a Jesucristo, que vuelve cada día a la frescura de su Palabra y encuentra en ella la fuente de toda esperanza.
Buscamos ser una Iglesia de la alianza que reconstruye vínculos, porque el Señor no siembra para formar personas aisladas, sino un pueblo reconciliado, capaz de caminar unido, de escucharse, de perdonarse y de sostenerse mutuamente.
Y anhelamos ser una Iglesia samaritana que camina con el pueblo cuidando la dignidad humana, cercana a quienes sufren, comprometida con los más pobres y frágiles, una Iglesia que se inclina sobre las heridas de nuestro tiempo con la compasión de Cristo.
En la víspera de esta fiesta, la Iglesia nos ha regalado también una palabra de discernimiento. La carta del Dicasterio para la Doctrina de la Fe nos invita a contemplar el contenido espiritual de la experiencia que dio origen a esta advocación. Allí se cita este pasaje de los escritos de Pierina Gilli [3]:
«Se me apareció en aquel momento una gran escalera, toda blanca, de unos quince metros de largo y cinco de ancho. Los lados estaban adornados con rosas, blancas, rojas y amarillas, formando como una barandilla. En lo alto de la escalera, en medio de un jardín acolchado de exuberantes rosas, en una hornacina, siempre de rosas de los mismos colores, con los pies apoyados en la alfombra, vestida de blanco y con las manos juntas, resplandeciente estaba Nuestra Señora "Rosa Mística"»
Es una imagen de extraordinaria belleza. Pero esa belleza no termina en sí misma. Como toda auténtica experiencia mariana, conduce siempre a Jesucristo. María nunca ocupa el lugar de la semilla ni del sembrador. Ella es la mujer que acogió plenamente la Palabra. Es la tierra buena donde el Evangelio dio el ciento por uno. Toda su belleza brota de haber dejado que Dios hiciera su obra en ella.
Por eso María sigue siendo para nosotros el modelo del discípulo. Ella nos enseña a escuchar antes que a hablar, a recibir antes que a pretender, a confiar antes que a controlar. Nos enseña que la fecundidad de la Iglesia no depende, en primer lugar, de nuestras capacidades, sino de la docilidad con la que acogemos la acción de Dios.
Ojalá este Jubileo Diocesano nos encuentre con un corazón disponible para dejarnos sembrar nuevamente por el Señor. Que cada comunidad, cada familia y cada uno de nosotros pueda convertirse, como María, en tierra buena para la Palabra.
Y que, renovando la alianza y caminando juntos, lleguemos a ser cada día más esa Iglesia que soñamos y buscamos: una Iglesia que se renueva con la alegría del Evangelio; una Iglesia de la alianza que reconstruye vínculos; y una Iglesia samaritana que camina con el pueblo cuidando la dignidad humana.
Que María Rosa Mística interceda por nosotros y nos acompañe en este camino.
Amén.
+ Padre Obispo Marcelo (Maxi) Margni, obispo de Avellaneda-Lanús
Valentín Alsina, Domingo 12 de julio 2026
XV del Tiempo Ordinario - Ciclo A
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Notas:
[1] https://avellanedalanus.org.ar/jubileo_diocesano-2026
[2] https://avellanedalanus.org.ar/orientaciones_pastorales_2026-2028/
[3] https://www.vatican.va/roman_curia/congregations/cfaith/documents/rc_ddf_doc_20240705_lettera-devozione-mariarosamistica_sp.html
Una vez más, el mensaje que compartiré quiere ser un aporte, a la luz de la Palabra de Dios, para la reflexión de todos los actores de la sociedad argentina, convencido que entre todos construimos la Patria, más allá de saber que, luego, puedan ser tomadas frases aisladas para querer alimentar la fragmentación.
La parábola del Buen Samaritano es un ícono capaz de poner de manifiesto la opción de fondo que debemos tomar para reconstruir esta Patria que amamos y nos duele a la vez. Ante el dolor, ante tantas heridas, la única salida es ser como el Buen Samaritano. Toda otra opción termina o bien del lado de los salteadores, o bien del lado de los que pasan de largo, sin compadecerse del dolor del herido del camino.
Justamente la lectura comienza hablando de un camino, un camino peligroso. El camino entre Jerusalén y Jericó era una vía de paso para caravanas comerciales y peregrinos. Dado el terreno desolado, quienes transitaban por ese camino eran presa fácil para los bandidos, quienes encontraban numerosos escondites y rutas de escape hacia el desierto, donde nadie los perseguiría. Cuando Jesús dijo que "un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó", sus oyentes seguramente reconocieron los peligros que entrañaba este viaje. Por eso se lo conocía desde la antigüedad como "el camino sangriento".
A veces como sociedad argentina también recorremos caminos peligrosos, no por cuestiones geográficas, sino porque no nos llevan a ningún buen lugar, o nos meten en laberintos sin salida. El camino de la intolerancia, el de los enfrentamientos constantes, el de la descalificación del otro por pensar o ser distinto, el camino de la crueldad hacia los más débiles, el sendero de la discriminación por cuestiones de raza, religión o domicilio. Caminos en los que algunos aprovechan para dividirnos, para enfrentarnos, robándonos las esperanzas de salir juntos adelante, escondidos, en todas las épocas, en cuevas de corrupción, haciendo que los pobres sean cada vez más pobres, y ellos, escandalosamente, cada vez más ricos. Y esto no es cuestión de ser de tal o cual partido político o gobierno de turno; es cuestión de ser o no, honesto y trasparente. Ser y parecer, ahora y siempre.
Los asaltantes también han recorrido los caminos de nuestra historia, robando sueños a los jóvenes, robando posibilidades de progreso a las familias trabajadoras, sustrayendo dignidad a los más frágiles, apropiándose de las esperanzas y los esfuerzos de un pueblo que, a pesar de todo, quiere vivir mejor, y por eso está ajeno a las discusiones eternas y alejadas de la realidad, que, en su nombre, tienen los dirigentes. Por eso el Papa León XIV decía el sábado pasado, respecto a este evangelio: Antes que cualquier otra consideración intelectual o convicción ideológica, el impacto con quien yace delante de nosotros, despojado de todo, llama a la proximidad[1].
Es por ello que todos los días enfrentamos la opción de ser buenos samaritanos o indiferentes viajantes que pasan de largo. La parábola nos lo relata: el amor está siempre en la libertad y la libertad está en las decisiones. Hay también quien elige no hacerse prójimo y quien decide no decidir[2].
El hombre asaltado y despojado de todo queda al borde del camino. Un levita y un sacerdote lo ven y siguen su camino. Ya sea por estar apurados, por miedo, o por egoísmo, pero pasan de largo. En este 9 de julio, pidamos juntos a Dios que nos independice de la indiferencia y la insensibilidad frente a los que sufren. Los heridos del camino de la vida, los enfermos, los jubilados, los adolescentes y jóvenes víctimas del negocio de los narcotraficantes, los desocupados, las personas con discapacidad; hoy queremos hacer presentes en este Tedeum sus vidas, sus rostros, sus historias concretas; no cifras, o diagnósticos, sino sus nombres, y sin pedirles "antecedentes de pobre", como preguntándoles desde cuándo están viviendo esa difícil situación. Ya todos sabemos, con sinceridad, que esta realidad no es nueva y duele hace años.
El samaritano vio al hombre herido, y se conmovió. Detenerse, conmoverse, abajarse, llorar ante el dolor de otros. Quien se deja llevar por esta dinámica de compasión y de misericordia, comienza a vivir de un modo diverso, a ser ciudadano de un modo diverso, a trabajar de un modo diverso. Se dará una relación entre personas, con sus cuerpos y su interioridad, con sus historias y sus sueños; y como dice el Papa León XIV, aún en tiempos de inteligencia artificial, un algoritmo nunca podrá sustituir un gesto de cercanía o una palabra de consuelo[3].
Y siguiendo el relato del evangelio, el samaritano tiene conciencia que el amor y la ayuda se organizan, que no puede solo, que tiene que trabajar con otros; por eso recurre al dueño de un hospedaje para socorrer entre los dos al hombre herido. En este 9 de julio, día de nuestra independencia, pidamos también a Dios nos independice del individualismo, de la competencia feroz por el protagonismo, del internismo y la mezquindad política de querer llevarnos los aplausos cuando hacemos algo por los demás.
Y luego el samaritano dice "cuídalo y lo que gastes de más, te lo pagaré al volver". Lo que gastes de más no siempre es sinónimo de derroche, o de despilfarro; a veces es invertir en los más débiles como el caso de la lectura de hoy, porque se necesitaba mucho cuidado para sanarlo. También hay ejemplos actuales: como cuando vemos que algunos centros de discapacidad tienen muchos trabajadores en proporción a las personas que atienden, y a priori se puede pensar que es un despropósito; pero luego, conociendo bien la dinámica de la institución, descubrimos que es una inversión que profesionales y asistentes entregados y comprometidos, acompañen y estimulen a cada uno de los beneficiarios, por caridad, pero también por justicia. Justamente en la encíclica Magnifica Humanitas, el Papa León XIV dice que la justicia social se reconoce por la capacidad de un orden social, económico y político que permita a todos, y en particular a los más frágiles, vivir de manera realmente humana, sin que ninguno se quede atrás[4].
Demos gracias a Dios por tantos ciudadanos que han decidido vivir la cultura de la proximidad y la acogida; por tantos argentinos que día a día se ponen la Patria al hombro y desde temprano ponen lo mejor de sí para salir adelante haciendo enormes esfuerzos, muchas veces anónimos. Demos gracias por los que siguen apostando por la fraternidad, conmoviéndose con los que sufren, comprometidos con pequeños grandes gestos de solidaridad y amor al prójimo, a pesar de las críticas y los comentarios crueles que profundizan heridas, sin resolver nada.
Hermanos, la Patria nos pide hoy un gran examen de conciencia colectivo. No miremos al costado buscando culpables eternos. Preguntémonos todos los argentinos: ¿Estoy actuando como los que pasan de largo o estoy dispuesto a ser la posada que reciba y sane a los heridos? Las heridas sociales necesitan la templanza del diálogo, la justicia social y la honestidad innegociable.
Desde anoche en distintos puntos del país se canta el Himno Nacional. Su letra empieza con una invitación a escuchar.: Oíd. ¡Qué importante este comienzo! En la tradición judeocristiana esta invitación tiene una hondura impresionante. "¡Escucha Israel!" (Shemá Israel) es la invitación que resuena en el libro del Deuteronomio en el Antiguo Testamento[5].
La actitud religiosa de escuchar tiene como trasfondo una capacidad humana elemental. Porque escuchar es la actitud básica del que quiere pensar con amplitud y apertura, del que sabe ampliar sus límites estrechos, del que se abre a la realidad para dejar interpelar sus propios esquemas mentales. Aprendemos a hablar escuchando, y escuchando recibimos enseñanzas que necesitamos para sobrevivir y para progresar. Escuchando a los demás aprendemos a respetarlos y a tratarlos como ellos necesitan que los tratemos, reconocemos sus valores y nos compadecemos de sus angustias. Escuchando, atentos a la realidad que corre más allá de nuestro pequeño mundo, también podemos reconocer los llantos, los lamentos, los gritos que claman pidiendo ayuda. Entonces volvemos a tomar la decisión de salir de nuestra coraza para caminar con los demás[6].
Que este 9 de julio, nos comprometamos a caminar unidos hacia un desarrollo integral que tanto anhela nuestro pueblo, que lo hagamos construyendo puentes donde algunos quieren levantar muros, con gestos concretos de cercanía y de acogida con los heridos de la vida, escuchando su clamor y convencidos que Argentina necesita de todos, porque nadie es descartable, todos somos importantes.
¡Y vaya si lo sabemos hacer! Estos días, movilizados por los colores de la selección nacional, se nos enciende el alma, nos unimos en un abrazo con todos, construimos un sueño colectivo, y valoramos que el trabajo sea en equipo; sigamos con la camiseta puesta, y con pasión, hagamos realidad el mensaje que Lionel Messi publicó alguna vez en sus redes sociales: "Demostramos una vez más que los argentinos cuando luchamos juntos y unidos somos capaces de conseguir lo que nos propongamos. El mérito es de este grupo, que está por encima de las individualidades, es la fuerza de todos peleando por un mismo sueño que también es el de todos los argentinos...lo logramos!"
Mons. Jorge Ignacio García Cuerva, arzobispo de Buenos Aires
9 de Julio 2026
Notas:
[1] León XIV, Homilía, Lampedusa 2026.
[2] Ibid.
[3] Cfr León XIV, Discurso a los representantes de la Confederación Médica Latinoamericana y del Caribe, 3 Ciudad del Vaticano 2025.
[4] León XIV, Encíclica Magnifica humanitas 77, Ciudad del Vaticano 2026.
[5] Deuteronomio 6, 4.
[6] Cfr Fernández, Víctor, Meditación sobre el Himno Nacional Argentino, Buenos Aires 2013.
¡Feliz día de la Patria! ¡Feliz Aniversario de la Independencia!
Queridos hermanos: hoy nos unimos con todos los argentinos para dar gracias a Dios por nuestra querida Patria Argentina.
Hace 210 años los Congresales de las Provincias Unidas del Río de la Plata, reunidos aquí en Tucumán, después de varios meses de deliberaciones y "...discusiones sobre el grande, augusto y sagrado objeto de la Independencia de los pueblos que lo forman" y en un día como hoy a pocos metros de aquí, los 29 congresales declararon la Independencia; tantas veces reclamada por San Martín, suplicada por Belgrano hasta las lágrimas y tan querida por todo el Pueblo.
Damos gracias a Dios por este acontecimiento y le suplicamos a Jesucristo, Señor de la Historia, que nos dé su gracia y bendición para que seamos una Nación cuya identidad sea la pasión por la verdad y el compromiso por el bien común; para amar a todos sin excluir a nadie, privilegiando a los pobres y perdonando...
Los congresales eran hombres de fe. Celebraron la Misa del Espíritu Santo al iniciar las sesiones del Congreso, confiados que Él los guiaría en las deliberaciones durante esos meses. En la redacción del Acta invocaron al Eterno que preside el universo... Y al día siguiente de la declaración de la Independencia celebraron la Misa de Acción de Gracias en la Iglesia San Francisco. Hoy no sólo celebramos este Te Deum, sino que al finalizar haremos la Oración interreligiosa por la Patria, como argentinos creyentes.
Los congresales eran hombres de convicciones profundas que anhelaban el bien del pueblo que representaban y pusieron todo de sí mismos: "...era universal, constante y decidido el clamor del territorio por su emancipación solemne del poder despótico de los reyes de España; los representantes sin embargo consagraron a tan arduo objeto toda la profundidad de sus talentos, la rectitud de sus intenciones e interés que demanda la sanción de la suerte suya, pueblos representados y posteridad" dice el Acta de la Independencia.
Hombres de fe, de convicciones y de compromiso con los ideales: "...comprometiéndose por nuestro medio al cumplimiento y sostén de esta su voluntad, bajo el seguro y garantía de sus vidas haberes y fama..." leemos en al Acta...
La Palabra de Dios que hemos escuchado nos habla de un Dios cercano a su Pueblo, que escucha sus clamores y opresiones, que se compadece y lo libera de la esclavitud. Y realiza su obra a través de Moisés.
Dios se ha hecho cercano a todos en su Hijo Jesucristo, que se asumió nuestra realidad humana, caminó nuestras realidades; experimentó y tocó todas las situaciones humanas... compartió nuestra humanidad en todo, menos en el pecado. Él nos muestra la compasión de Dios y nos enseña que el camino para tener vida es vivir en el amor, un amor hasta la entrega de la vida. Y Jesús ejerce su pastoreo por medio de la Misión de los apóstoles, de cada uno de nosotros.
Dios quiere contar con nosotros para socorrer a su Pueblo. Dios responde al grito, al dolor y a la opresión real de las personas que sufren. La compasión divina se transforma en una misión de muchos que dan servicio solidario, acompañamiento fraterno, compromiso liberador. Este itinerario de Jesús por las aldeas, conmoviéndose y acortando distancias, es el modelo que inspira la "artesanía de la paz" y la amistad social de las que nos habla la encíclica Fratelli tutti del Papa Francisco. Es una invitación constante a salir de nuestros propios espacios cómodos para hacernos prójimos de los que están fatigados y dispersos y disponernos a la acción y al servicio comunitario.
Decíamos los obispos argentinos: "No hay plena democracia sin inclusión e integración. Esta es una responsabilidad de todos, en especial de los dirigentes. «Quien tiene los medios para vivir una vida digna, en lugar de preocuparse por sus privilegios, debe tratar de ayudar a los más pobres para que puedan acceder también a una condición de vida acorde con la dignidad humana, mediante el desarrollo de su potencial humano, cultural, económico y social»" (Bicentenario n.26). Construir una vida democrática de inclusión e integración requiere el compromiso de todos.
Recientemente el Papa León nos ha ofrecido la encíclica Magnifica Humanitas sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial.
La invitación del Papa León es a tomar una decisión: la magnífica humanidad que Dios ha creado se encuentra hoy ante una elección decisiva: levantar una nueva torre de Babel o edificar la ciudad donde Dios y la humanidad habiten juntos. Cada generación recibe como herencia la tarea de dar forma a su propio tiempo: hacer madurar la historia como un lugar donde se proteja la dignidad de cada persona, se promueva la justicia y se haga posible la fraternidad (MH.1). La verdadera realización no nace de la eliminación de las fragilidades, sino de un crecimiento armonioso: allí donde la libertad y la responsabilidad se entrelazan con el cuidado recíproco y la verdadera solidaridad, y donde el progreso se mide por la dignidad de cada uno y por el bien de los pueblos (MH.12).
El Papa nos llama a edificar un mundo, yo digo una Argentina, en el que todos puedan "florecer", esto exige una corresponsabilidad valiente... A cada uno corresponde aportar al bien de todos: científicos e investigadores, empresarios y trabajadores, educadores y legisladores, sociedad civil, movimientos populares y comunidades de fe.
Esta es la lógica de la subsidiariedad, que valora la cooperación entre generaciones, entre pueblos, entre disciplinas y culturas como el camino privilegiado para hacer crecer la estabilidad, la prosperidad y la paz. Las tensiones y las diferencias no deben intimidar; pueden convertirse en energías creativas cuando están orientadas por una responsabilidad compartida.
Luchemos juntos, aunemos los esfuerzos, no nos enfrentemos entre hermanos... nos devoran los de afuera... Maduremos en nuestros ámbitos la cultura del Encuentro, propiciemos el diálogo, la paz y el bien de todos. Evitemos las palabras que humillan o enfrentan. Optemos por la claridad que ilumina y la franqueza que abre caminos. No bendigamos entusiasmos ingenuos ni alimentemos miedos estériles. Más bien, indiquemos criterios de discernimiento: la dignidad de la persona, el destino universal de los bienes, la opción por los pobres, el cuidado de la Casa común, la paz. Traduzcámoslos en prácticas: planificación responsable, evaluaciones del impacto humano y social, inclusión de los más frágiles, alfabetización digital, investigación e industria orientadas a la justicia y la paz.
Renovemos los compromisos que asumimos en los diversos jubileos que celebramos el año pasado: de los políticos, de los empresarios, de los trabajadores, de los medios de comunicación, de los movimientos sociales, para apostar siempre por la esperanza y lanzarnos hacia adelante con entusiasmo y compromiso. Con un corazón abierto a todos y dispuestos a escuchar y con una voluntad que busca lo que une más que lo que separa. Acercándonos a cada realidad dolorosa y sufriente para llevar el consuelo y la paz. Como lo hicimos con la desbordante solidaridad con los inundados y como lo hacen cotidianamente los diversos servicios sociales, solidarios y de caridad.
Tomo las palabras del Papa León para decirles a todos los argentinos y a cada uno de acuerdo a su responsabilidad:
No temamos ensuciarnos las manos en la construcción de una Patria más fraterna. Invoquemos la ayuda de Dios y confiemos en su amor.
Pongamos nuestras capacidades al servicio del bien común, desde el lugar que cada uno tiene, en la familia, en el barrio, en el trabajo, en la escuela, en las grandes o pequeñas responsabilidades. No improvisemos, proyectemos con sabiduría y trabajemos con perseverancia. Que nadie nos robe la alegría y ni la esperanza.
Recordemos que el bien común exige dejar de lado actitudes egoístas, porque impulsa a la búsqueda constante del bien de los demás como si fuese el bien propio. Todos tienen derecho a gozar de condiciones equitativas de vida social. La responsabilidad de edificar el bien común compete en primer lugar al Estado, porque es la razón de ser de la autoridad política: «El Estado, en efecto, debe garantizar cohesión, unidad y organización a la sociedad civil de la que es expresión, de modo que se pueda lograr el bien común con la contribución de todos los ciudadanos. La persona concreta, la familia, los cuerpos intermedios, no están en condiciones de alcanzar por sí mismos su pleno desarrollo; de ahí deriva la necesidad de las instituciones políticas, cuya finalidad es hacer accesibles a las personas los bienes necesarios -materiales, culturales, morales, espirituales- para gozar de una vida auténticamente humana. El fin de la vida social es el bien común históricamente realizable. Para asegurar el bien común, el gobierno de cada país tiene el deber específico de armonizar con justicia los diversos intereses sectoriales» (CDSI.168-169).
Pongamos a Dios en el horizonte de nuestro actuar y al ser humano en el centro de nuestras decisiones y los incluyamos a los pobres, los enfermos, los discapacitados, los pequeños que tienen su riqueza para la construcción de un hogar común sólido y hospitalario, donde el amor y la verdad finalmente se encontrarán, y la justicia y la paz se besarán (cf. Sal 85,11).
La Casa Histórica es el signo que nos identifica como Nación Independiente, que sea también el signo de ser una Casa de familia donde todos somos importantes, valiosos, necesarios y donde se respira el amor fraterno y superamos todos los rencores y divisiones.
En los 200 años del Nacimiento del Beato Mamerto Esquiú y los 50 años de los Mártires riojanos rogamos a Dios su intercesión para que nos estimulen a vivir el amor por la Patria en el amor y entrega a los hermanos más pobres con gestos de cercanía y acciones comprometidas y concretas de dignificación y fraternidad.
Imploramos la bendición de Dios por la tarea que tenemos por delante: ser constructores de comunión en nuestra Patria.
Que la Virgen de la Merced, que ha tenido mucho que ver en la historia de nuestra Independencia, nos proteja y acompañe y nos aliente a crecer como familia en nuestra querida Patria Argentina.
Mons. Carlos Alberto Sánchez, arzobispo de Tucumán
Queridos hermanos:
Al comenzar estas Jornadas de Reflexión Teológico-Pastorales, la Iglesia nos concede la gracia de hacerlo bajo la luz de la Palabra de Dios que precede la solemnidad del nacimiento de San Juan Bautista. La figura del Precursor aparece ante nosotros como un modelo especialmente significativo para quienes hemos sido llamados a servir al Pueblo de Dios mediante el ministerio sacerdotal.
La primera lectura nos conduce al corazón de toda vocación. Dios dice al profeta Jeremías: «Antes de formarte en el vientre materno te conocía; antes de que salieras del seno, te había consagrado». Toda auténtica reflexión pastoral comienza en esta memoria agradecida: antes que nuestros proyectos, preocupaciones o responsabilidades, existe una iniciativa divina. No fuimos nosotros quienes elegimos el ministerio; fue el Señor quien nos llamó.
En medio de las múltiples exigencias pastorales, podemos correr el riesgo de olvidar esta verdad fundamental. El sacerdote no es, ante todo, un administrador o un gestor de estructuras; es un hombre llamado por Dios para servir a su pueblo. Como Jeremías, también nosotros conocemos nuestras limitaciones y fragilidades. Sin embargo, la respuesta de Dios sigue siendo la misma: «No les tengas miedo, porque yo estoy contigo».
Por eso el salmo nos hace repetir: «Tú eres mi esperanza, Señor». Nuestra confianza no puede apoyarse únicamente en los medios humanos, sino en la fidelidad de Aquel que nos llamó. El sacerdote rejuvenece espiritualmente cuando vuelve a apoyarse en la gracia de Dios.
La segunda lectura nos recuerda que vivimos sostenidos por una esperanza que supera lo visible. San Pedro habla de Cristo, «a quien aman sin haberlo visto». Estas palabras describen profundamente nuestra vida sacerdotal. Toda nuestra existencia está centrada en Jesucristo, cuya presencia sostiene cada celebración, cada servicio pastoral y cada acto de entrega.
Por eso estas jornadas no deben ser solamente un tiempo de actualización intelectual o de planificación pastoral. Han de ser, sobre todo, una oportunidad para renovar nuestra adhesión personal a Jesucristo. La teología pierde fecundidad cuando se separa de la contemplación, y la pastoral pierde fuerza cuando se desvincula de la verdad del Evangelio. Ambas encuentran su unidad en Cristo, Verbo encarnado y Buen Pastor.
El Evangelio nos presenta a Zacarías e Isabel. Cuando todo parecía cerrado desde una perspectiva humana, Dios abrió un camino nuevo. La esterilidad se convirtió en fecundidad y el silencio en profecía. También nosotros contemplamos desafíos que a veces parecen difíciles de superar: la secularización, las heridas sociales, las dificultades en la transmisión de la fe o la escasez de vocaciones. Sin embargo, el nacimiento de Juan Bautista nos recuerda que Dios nunca abandona a su pueblo y que siempre prepara nuevos comienzos. Juan será un hombre totalmente orientado hacia Cristo. No buscará protagonismo para sí mismo; toda su misión consistirá en preparar los caminos del Señor. Su vida quedará resumida en aquella frase admirable: «Es necesario que Él crezca y que yo disminuya».
Esta enseñanza resulta particularmente actual para nuestro ministerio. El verdadero pastor no se anuncia a sí mismo ni busca convertirse en el centro de la comunidad. Su misión consiste en conducir a todos hacia Jesucristo. El Papa Francisco nos recordó que el pastor debe tener "olor a oveja", y el Santo Padre León XIV continúa alentando a la Iglesia a una renovada conversión misionera. Ambas enseñanzas convergen en una misma verdad: estamos llamados a transparentar a Cristo, no a reemplazarlo.
Queridos hermanos, que estos días nos permitan rezar juntos, pensar juntos y discernir juntos. Que fortalezcan nuestra fraternidad presbiteral y renueven la alegría de nuestra vocación. Pidamos la intercesión de San Juan Bautista para que nos enseñe la humildad del precursor, la valentía del profeta y la alegría del testigo fiel. Y que la Santísima Virgen María nos ayude a custodiar cada día la fidelidad a nuestra llamada, para volver a nuestras comunidades fortalecidos en la fe, renovados en la esperanza y reavivados en la caridad pastoral. Que así sea.
Monseñor José Adolfo Larregain OFM, arzobispo de Corrientes
Queridos hermanos y hermanas de Sampacho y peregrinos que hoy llegan a esta casa:
Hoy nos acercamos a este Santuario a honrar a la Virgen María, a pedirle, agradecerle y, particularmente, para expresarle nuestro amor de hijos, conscientes de que es nuestra Madre y que estamos bajo su amparo. Todos la necesitamos mucho, como personas, como familia, como comunidad, como sociedad.
Al entrar en esta Basílica, lo primero que experimentamos es que no solo es un bello edificio y un monumento histórico, sino que es el regazo donde, desde hace más de un siglo, miles de hombres y mujeres han venido a dejar sus lágrimas para recibir, a cambio, la esperanza.
El profeta Isaías nos habla hoy de una misión clara: «El Señor me ha ungido ... para consolar a todos los que están de duelo». La Palabra de Dios nos enseña que el consuelo no es solo un momento de alivio pasajero, sino algo más profundo, es una acción restauradora. Es el aceite que cura las heridas, es el vestido de fiesta que reemplaza al sayal de luto.
En Sampacho, la devoción a la Consolata no es una idea abstracta sino la experiencia de una Presencia que toca lo más hondo de nuestro interior. ¡Pensemos cuántas historias, dolores, angustias y anhelos personales y familiares se han traído a los pies de la Virgen!
La Consolata es, ante todo, el reflejo del rostro misericordioso de Dios que se inclina sobre el dolor de su pueblo diciéndole: "No temas, estoy contigo".
En el Evangelio de las Bienaventuranzas, Jesús nos presenta el camino de la verdadera felicidad, que es radicalmente distinto al que nos propone el mundo. "Bienaventurados los que lloran, porque serán consolados". Aquí está la clave de la fiesta de hoy.
María es la primera bienaventurada. Ella, que estuvo al pie de la cruz, conoció el llanto y el dolor de ver a su Hijo sufrir y morir; sin embargo, no se encerró en su tristeza. Por ello nos enseña que el consuelo cristiano no es evadir el dolor, sino atravesarlo con la certeza de la Resurrección. Ella fue consolada por el Padre porque se mantuvo fiel a su Voluntad.
Hoy, al mirar la imagen de la Virgen que nos acompaña desde 1908, que pesa más de una tonelada pero que parece elevarse sobre los hombros de quienes la cargan, vemos el símbolo de nuestra propia vida: María sostiene el peso de nuestra historia para que nosotros, aliviados, podamos caminar hacia las bienaventuranzas.
¿Qué significa hoy para nosotros venerar a la Consolata?
Significa abandonarnos confiados en sus manos. La Virgen nos pide que le entreguemos nuestras preocupaciones y Ella se hará cargo de las mismas. Que podamos salir de esta Eucaristía con la certeza de su presencia consoladora a nuestro lado.
Significa que hemos de ser "ángeles de consuelo". Si venimos a sus pies, si recibimos de Ella el consuelo de Dios, nuestra misión es ser instrumentos de consuelo para nuestros hermanos que nos necesitan.
Significa que hemos de ser artesanos de paz. En un mundo marcado por la violencia y el desánimo, el cristiano debe ser alguien que se hace presente donde hay dolor, enfermedad o soledad, tal como María se hizo presente en nuestra vida.
Hermanos, hoy renovamos nuestra consagración a la Madre. Que nuestra Basílica sea siempre un faro, un lugar donde el cansado encuentre descanso, donde el afligido encuentre una lágrima compartida y donde el peregrino sienta que ha llegado a casa.
Que Nuestra Señora de la Consolata, que ha caminado junto a Sampacho en cada paso de su historia, nos siga regalando la alegría de saber que, pase lo que pase, estamos bajo su manto protector.
¡Madre, te pedimos que nos regales tu consuelo para ser, en medio de este mundo, testigos de tu esperanza! Amén.
Mons. Adolfo Uriona FDP, obispo de Villa de la Concepción del Río Cuarto
Queridos hermanos y hermanas:
Por boca del profeta Isaías el Señor promete que no se olvidará nunca de ninguno de nosotros. Nos asegura que nuestros rostros los lleva tatuados en las palmas de sus manos (cf. Is 49,16) y que su amor es más grande que el de una madre por su hijo (cf. Is 49,15). El profeta nos permite entrever un diálogo íntimo y personal en el que Dios se dirige a cada uno y al pueblo tratándole de "tú". También hoy podemos leer estas palabras dirigidas a nosotros y cada uno puede escuchar ese "nunca te olvidaré" como referido a sí mismo.
Son palabras que nos llenan de consuelo y de confianza. Son la respuesta a un angustioso sentimiento que agita el corazón: «Me ha abandonado el Señor, mi dueño me ha olvidado» (Is 49,14). ¡Cuántas veces en la Sagrada Escritura, en particular en los salmos, la oración nace de la desorientación de quien tiene la impresión de que la propia vida no le interesa a nadie y se desprecia a uno mismo! La dolorosa sensación de ser olvidados, desafortunadamente, es común en muchas personas, especialmente entre los mayores.
Sin embargo, el amor de Dios, que no olvida a ninguno, se presenta como acto de justicia y respuesta al anonimato, en el cual muy frecuentemente la vida humana acaba por perderse. En particular, sobre la vida de muchos mayores parece haberse extendido un velo que difumina los rasgos de los rostros y los cubre con el olvido. Es lo que sucede en las casas donde reina la soledad y también en aquellos lugares de hospitalización donde la singularidad de cada persona corre el riesgo de ser reducida al número de su cama o a su patología.
La celebración de la Jornada Mundial de los Abuelos y de los Mayores es una oportunidad para redescubrir que la Iglesia está llamada a ser madre de todos y que en cualquier edad es posible descubrirse siempre como hijos e hijas de Dios. Que esta Jornada sea, por lo tanto, un estímulo para todos, en particular para los más jóvenes, y así retomar la bella costumbre de visitar a los propios abuelos, los mayores de la familia y también a aquellos que no reciben ninguna visita. Llévenles, junto con este mensaje y su presencia, la cercanía y el afecto del Papa. Háganlo de tal modo que las palabras del profeta "Yo nunca te olvidaré" adquieran la forma de un tierno y afectuoso encuentro. «En una época que tiende a acelerar y a fragmentar, la carne humana sigue pidiendo ser cuidada y reconocida por manos capaces de ternura, por mentes atentas y buenas palabras. La cultura digital multiplica las conexiones y ofrece nuevas posibilidades de encuentro; sin embargo, el corazón humano conserva una necesidad irrenunciable de proximidad» (Carta enc. Magnifica humanitas, 239).
La Iglesia conoce el sufrimiento de sus hijos más mayores, sabe bien que muchas veces se les mira con prejuicios y se les considera un peso; es sabedora de que una economía concentrada sobre el beneficio debilita las relaciones familiares; sabe que muchos ancianos son abandonados por los hijos que se ven obligados a migrar o, en algunos casos, a combatir en la guerra. Por cada uno de estos motivos, se alegra de anunciar la promesa del Señor: "Yo nunca te olvidaré".
Es agradable descubrir a cualquier edad, pero especialmente cuando no se es ya joven, como dijo el beato Juan Pablo I, que somos destinatarios «de parte de Dios de un amor atemporal. Sabemos: tiene siempre abiertos los ojos sobre nosotros, incluso cuando parece que sea de noche. Es padre; más aún, es madre» (Ángelus, 10 septiembre 1978). Aunque no sea espontáneo pensar así, la verdad es que ni siquiera cuando somo mayores dejamos de ser hijos e hijas, y por eso sigue siendo válida cada día la invitación a volver a los brazos de Dios, cuyo amor es paternal y maternal a la vez.
El descubrimiento de la ternura de Dios, para muchos, sucede en el transcurso de la existencia, muchas veces propiamente en el último tramo de la vida. De hecho, cada vez más frecuentemente, a diferencia de lo que ocurría en el pasado, es posible hacerse mayores sin haber tenido una experiencia real de fe. La edad avanzada, en este caso, a partir de las preguntas que nos hacemos con más urgencia en esta etapa de la vida, puede convertirse en el tiempo oportuno para iniciar o retomar una vida espiritual. En este nuevo camino se puede reconocer que Dios, como dice san Agustín, «es madre porque calienta, porque nutre, porque amamanta, porque custodia» (Comentario al Salmo 26, II, 18). Es una conciencia que ayuda a no sentir vergüenza por la fragilidad que aparece y también a comprender que todos, siempre, tenemos necesidad los unos de los otros y requerimos atención y cuidados. A Dios, que se hace prójimo y al que aprendemos a reconocer en su ternura, podemos dirigirnos ahora con filial confianza en la oración. Nunca es demasiado tarde para comenzar a dirigirse a Él. Puede ser un gran don para todos.
Queridos mayores, el Papa Francisco hablaba de ustedes como de un "nuevo pueblo" (Catequesis, 23 febrero 2022), en tanto que el número de personas avanzadas en edad nunca había sido así de elevado en la historia humana. Es cuanto más importante, pues, con ustedes, "nuevo pueblo", reflexionar sobre cuál puede ser nuestra vocación cuando la fragilidad, que acompaña al hombre desde su nacimiento, parece tomar el control. Quiero decirles: ¡no tengan miedo de la fragilidad! Propiamente esta debilidad lleva consigo una nueva potencialidad que ilumina también las demás edades de la vida. De hecho, cuando es aceptada y reconocida, la fragilidad «abre el corazón a la ayuda mutua y a la invocación de Aquel que puede dar lo que ningún poder humano es capaz de garantizar: la reconciliación profunda de los corazones y con ello la paz verdadera» (Encuentro con la comunidad argelina, Basílica de Nuestra Señora de África, Argel, 13 abril 2026).
De esta forma podemos vivir como cristianos el tiempo de la ancianidad: "frágiles", pero al mismo tiempo "llamados". Un hombre y una mujer pueden renacer cuando son mayores (cf. Jn 3,4-6) y exclamar con el profeta: «Su salvación está en convertirse y en tener calma, su fuerza está en confiar y estar tranquilos» (Is 30,15). Una fuerza que puede convertirse en una invitación a no recurrir a los caminos de la arrogancia y del poder para garantizar la convivencia humana, sino a los caminos de la reconciliación y de la paz verdadera. En este tiempo, marcado de una manera tan fuerte por la violencia bélica y social, muchos se interrogan acerca de cómo será el mundo en el cual crecerán los propios nietos. Les exhorto, queridos hermanos, a unirse a mí en la oración constante para que llegue pronto la paz al mundo entero.
Hermanas y hermanos mayores: les agradezco porque me sostienen cada día con sus oraciones, especialmente cuando recitan el santo rosario. Se lo agradezco de corazón y les dejo este deseo: que el Señor les renueve siempre en la fe, en la esperanza y en la caridad, ¡Él, que nunca se olvida de nosotros!
Vaticano, 15 de junio de 2026
León PP. XIV
1. El Señor es el refugio del pobre (cf. Sal 14,6). Las palabras del Salmista sugieren el camino que estamos llamados a recorrer con vistas a la X Jornada Mundial de los Pobres. Una vez más es necesario volver a la Palabra de Dios para verificar la importancia que los pobres tienen en la vida de la Iglesia. La expresión del salmo se convierte en criterio de juicio para la existencia cristiana porque revela el rostro de Dios y reconoce la pobreza humana. En efecto, en un momento histórico dramático, como fue la destrucción del templo de Jerusalén, el pueblo se sintió privado de la presencia de Dios y experimentó una miseria material y moral sin precedentes.
Esta Palabra se le presenta a cada generación en toda su actualidad. Desde el principio muestra la contradicción en la que a menudo se cae todavía hoy. La primera constatación es esta: «Dice el necio para sí: "No hay Dios". Se han corrompido cometiendo execraciones, no hay quien obre bien» (Sal 14,1). Esto pone de relieve el contraste entre quienes se comportan con sabiduría y quienes, en cambio, arrastran su vida como si no hubiera nada por encima de ellos. Se observa, lamentablemente, cuán difundida está también en nuestros días una injusticia social que brota de la corrupción arrogante, tan deplorable como discriminatoria. La pérdida del sentido de la trascendencia en la vida cotidiana ya no es tanto una negación teórica de la existencia de Dios; más bien se manifiesta en la falta de consideración de su bondad y misericordia para la construcción de la justicia personal y social.
Los primeros en sufrir sus consecuencias son los pobres, que no por casualidad aumentan en muchas sociedades. La ausencia de Dios coloca a las personas ya no unas junto a otras en el respeto recíproco, sino unas por encima de otras bajo el signo del dominio y del sometimiento. Así se exhibe una lógica desacralizadora de prevaricación y de descarte que margina y humilla. En esta condición se encuentran no sólo personas individuales, sino pueblos enteros. Las palabras del salmo resuenan todavía llenas de verdad: «Devoran a mi pueblo como pan» (Sal 14,4).
2. El grito de justicia de los pobres hoy es acallado mediante múltiples técnicas, cada vez más sutiles, hasta dejar sin voz todo esfuerzo suyo por hacer oír sus peticiones. El ambiente digital radicaliza el prejuicio hacia ellos y aumenta la cortina de indiferencia que rodea sus causas. Al pobre no le queda más que gritar hacia Dios (cf. Sal 34,7) y hacer llegar a Él su lamento, con la certeza de ser escuchado porque Dios es fiel y rico en misericordia. Quienes están oprimidos, humillados e indefensos crecen también hoy en la certeza de tener que abandonarse a Dios, cargados de confianza y de espera. En este abandono total, vuelve a florecer el sentido de la propia dignidad, se reconocen hermanas y hermanos con quienes organizar sus sueños, y la esperanza se convierte silenciosamente en realidad. Refugiarse en Dios equivale a encontrar la protección verdadera y segura, aquella que los poderosos no pueden garantizar y prefieren negar.
El pobre, sin embargo, sabe reconocer más que otros lo esencial, porque vive de lo esencial. Más semejante a Cristo que todos, reconoce a Dios como su propio refugio incluso cuando las circunstancias parecen desmentirlo, y está colmado de esperanza por su justicia, que no tarda en manifestarse. En la noche del abandono y de la soledad, el pobre "habita al amparo del Altísimo" (cf. Sal 91,1). Quienes están afligidos, quienes sufren injusticia y son ofendidos, quienes padecen sufrimiento y dolor, quienes están solos y privados del sentido de la vida pueden encontrar consuelo y nueva motivación junto al Señor.
3. Ser refugio no es sólo una promesa, sino que se convierte en realidad en la persona de Jesucristo. Dios pone su morada entre nosotros con la encarnación del Hijo, que hace concreto y visible el refugio esperado. Jesucristo es realmente el refugio de Dios para los pobres. Por su obediencia al Padre, desciende hasta el punto más bajo, donde se encuentran los últimos. Sale al encuentro de todos y a cada uno ofrece refugio seguro: «Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, y yo los aliviaré» (Mt 11,28). En Jesús, Dios no sólo protege, sino que comparte la pobreza humana hasta la cruz.
Los pobres de nuestros días son los olvidados y los marginados: despojados de una palabra y de un rostro, además del pan. Que ellos puedan encontrar al Hijo de Dios, que se hace prójimo de todos sin descuidar a nadie. Que lo encuentren, ante todo, en quienes se dicen cristianos. En la Iglesia, su Cuerpo, es Jesús quien ofrece pan y amistad; trae luz y un horizonte de esperanza; pronuncia el nombre de cada uno y devuelve a todos la dignidad. Jesús de Nazaret es el don de Dios para los pobres. En Él todas las promesas se hacen realidad. Para quienes carecen de una casa, de un trabajo, de educación, de alimento, de salud, se abre un nuevo camino: el compartir como expresión del Reino de Dios (cf. Mt 5,3). A la obsesión de quienes acumulan riquezas sólo para sí se opone la obstinación de Dios que, en el testimonio de personas de carne y hueso, abre el corazón y acoge en su amor.
4. En Cristo estamos llamados, por tanto, también nosotros a hacernos pobres y a convertirnos en refugio para el pobre. La comunidad cristiana no puede permanecer insensible ante tantos que hoy están a la puerta y siguen siendo invisibles para quienes permanecen encerrados entre sus propios muros. La Iglesia, por su misma naturaleza, está llamada a ser pobre y refugio para los pobres. No olvidemos el comentario de san Agustín a la parábola del hombre rico y del pobre Lázaro: «Calló el nombre del rico e indicó el del mendigo. Dios calló el nombre tan pregonado del primero; sin embargo, dio a conocer el del segundo [...] ¿Qué elegirías: ser pobre como el uno o ser como el rico? No te dejes engañar: escucha cuál fue el final de ambos y advierte cuál es la elección equivocada» (Sermón 33A, 4).
Como recordé en la Exhortación apostólica Dilexi te, «Dios muestra predilección hacia los pobres, a ellos se dirige la palabra de esperanza y de liberación del Señor y, por eso, aun en la condición de pobreza o debilidad, ya ninguno debe sentirse abandonado. Y la Iglesia, si quiere ser de Cristo, debe ser la Iglesia de las Bienaventuranzas, una Iglesia que hace espacio a los pequeños y camina pobre con los pobres, un lugar en el que los pobres tienen un sitio privilegiado» (n. 21).
Surgen inevitablemente algunas preguntas, que en esta X Jornada Mundial de los Pobres tenemos la urgencia de hacer resonar en nuestra mente y en nuestro corazón. ¿Somos signo de un Dios que es refugio para los pobres? ¿Tenemos conciencia de nuestra pobreza y la preferimos a la riqueza injusta? ¿Llegamos hasta donde se encuentran los pobres, experimentando su marginalidad? ¿Escuchamos sus pensamientos y compartimos sus esperanzas? ¿Pronunciamos sus nombres con ternura divina? ¿Nuestra caridad reactiva y sostiene en ellos el deseo de justicia y de rescate? Estas y muchas otras preguntas obligan a un serio examen de conciencia, para verificar cuánto estamos todavía llamados a llegar a ser en favor de los pobres y de su liberación. Entonces veremos que los pobres se convierten ellos mismos en refugio para otros. La experiencia de la pobreza vuelve particularmente sensibles a una solidaridad renovada ante los desafíos.
El amor de Cristo nos hace, en efecto, partícipes de la vida de amor de Dios. En este sentido, los cristianos están llamados no sólo a buscar refugio en Dios, sino también a hacerse, en Él, refugio para los demás, sin «distinguir entre el que asiste y el que es asistido, entre el que parece dar y el que parece recibir, entre el que se presenta pobre y el que siente la necesidad de ofrecer tiempo, capacidades y ayuda. Somos la Iglesia del Señor, una Iglesia de pobres, todos preciosos, todos partícipes, cada uno portador de una Palabra única de Dios. Cada uno es un don para los demás» (Homilía, 17 agosto 2025).
5. El octavo centenario de la muerte de san Francisco de Asís nos impulsa a recordar cómo, llegado a Roma como peregrino a la tumba del apóstol Pedro, fue conmovido por la compasión hacia los mendigos. Para comprender y experimentar su sufrimiento, se quitó sus propias vestiduras y las cambió por los vestidos andrajosos de uno de ellos, sentándose a pedir limosna y pasando todo el día entre los pobres con alegría de espíritu (cf. Fuentes Franciscanas, 1405-1406). Queremos testimoniar que es posible, también hoy, experimentar la misma alegría al ponerse en el lugar de los pobres y escucharlos, en vez de sólo hablar de ellos. Quien tiene a Dios por refugio es libre de tomar decisiones proféticas, que testimonian cómo todo puede ser repensado desde abajo, en la humildad y en la fraternidad que, sólo ellas, reparan un mundo herido por la prepotencia.
Confío en que esta X Jornada Mundial de los Pobres pueda constituir una etapa significativa para redescubrir el rostro de tantos hermanos y hermanas que buscan refugio en Dios y desean sentirse en casa en nuestras comunidades. Mantengamos viva la obediencia a la Palabra de Dios, que suscita la conversión del corazón. Que la Virgen María, que en la carne crucificada del Hijo contempló el amor de Dios que colma de bienes a los hambrientos y despide a los ricos con las manos vacías (cf. Lc 1,53), interceda por nosotros.
Vaticano, 13 de junio de 2026, memoria de san Antonio de Padua.
León PP. XIV
Queridos hermanos y hermanas: nos congregamos en este día para entonar el Te Deum, elevando una acción de gracias que brota de la memoria viva de nuestro pueblo. Evocamos agradecidos nuestros orígenes como nación, recordamos a aquellos hombres y mujeres que, en el 25 de mayo de 1810, dieron un paso audaz hacia la libertad, la dignidad y la construcción del bien común.
La Palabra de Dios ilumina este momento con hondura. En los
Hechos de los Apóstoles (cf. Hch 1, 12-14), contemplamos a la primera comunidad
creyente en Jesucristo reunida, perseverante en la oración, sostenida por la
esperanza, unida en un mismo espíritu junto a María. No era un grupo fuerte
según los criterios del mundo; más bien era pequeño, frágil, atravesado por
incertidumbres, pero confiado en la promesa de Dios.
Algo de ese espíritu también marcó el nacimiento de nuestra
patria. Los protagonistas de mayo no tenían todas las respuestas ni un camino
despejado. Existían tensiones, intereses diversos, temores. Sin embargo, los
animaba un deseo profundo: gestar un pueblo libre, con identidad propia,
abierto al porvenir. Como aquella comunidad creyente, también ellos supieron
esperar y apostar por un comienzo nuevo.
El Evangelio (cf. Jn 19, 25-27) nos conduce al pie de la
cruz. Allí permanece María, firme en el dolor, fiel en la oscuridad,
acompañando hasta el final. En ese momento, Jesús nos entrega un gesto de amor
que funda una nueva manera de ser comunidad: ?Ahí tienes a tu hijo? ahí tienes
a tu madre?. Nace así un vínculo tejido en el cuidado, en la cercanía y en la
responsabilidad mutua.
Este gesto interpela nuestra vida como nación. Una patria no
se edifica solo con normas o instituciones, sino con relaciones que reconocen
al otro como hermano. Cuando esto sucede, el sufrimiento ajeno deja de ser
indiferente y se convierte en una llamada que nos compromete. Allí comienza una
verdadera cultura del encuentro.
Hoy, nuestra Argentina atraviesa tiempos complejos,
dificultades sociales y económicas, tensiones que fragmentan, palabras que
hieren más que construyen. En este contexto, la Palabra de Dios nos invita a
volver a lo esencial, a la dignidad inviolable de cada persona, a la búsqueda
sincera del bien común, a la justicia que no excluye, a la participación
responsable y a la esperanza activa. Nos recuerda, además, que sin un corazón
reconciliado y sin apertura a Dios, todo proyecto humano corre el riesgo de
vaciarse.
Se nos propone un camino concreto: perseverar en la oración
y sostener la unidad. No como uniformidad, sino como comunión que respeta las
diferencias y las integra. Pedimos el don del Espíritu Santo para nuestra
patria: un Espíritu que ilumine las decisiones, fortalezca en la adversidad y
pacifique los ánimos; un Espíritu que nos enseñe a vivir con sobriedad, a
valorar lo sencillo, a compartir lo que somos y tenemos, y a cuidar
especialmente a los más vulnerables.
María camina con nosotros, no abandona a sus hijos. Estuvo
en el inicio de la Iglesia y también acompaña la historia de nuestro pueblo. En
esta tierra la invocamos con amor como Nuestra Señora de Itatí. A sus pies
depositamos nuestras preocupaciones y anhelos, confiando en su ternura de
Madre.
Queridos hermanos, autoridades presentes: el mejor homenaje
a la gesta de mayo no es solo evocarla, sino hacerla vida hoy. Cada generación
enfrenta su propio desafío fundacional. A nosotros nos toca optar: entre el encierro
individualista o la fraternidad abierta; entre la indiferencia o la cercanía
comprometida; entre el desaliento o la confianza que se hace camino. No
tengamos miedo de elegir el bien, aunque exija esfuerzo. No nos resignemos a la
división ni a la cultura del descarte. Aprendamos a reconstruir los lazos
sociales desde gestos concretos de humildad, diálogo y servicio. Allí se gesta
silenciosamente una patria más humana.
Que este Te Deum sea un acto auténtico de fe: fe en
Dios, que sigue obrando en la historia incluso en medio de las pruebas; fe en
nuestro pueblo, capaz de levantarse una y otra vez; fe en que es posible una
Argentina más justa, reconciliada y fraterna. Que María, en su advocación de
Nuestra Señora de la Merced, en cuyo Santuario hoy nos encontramos, nos enseñe
a permanecer de pie en medio de nuestras cruces, con esperanza firme y corazón
disponible. Y que el Señor bendiga a nuestra patria, a sus autoridades y a todo
el pueblo argentino, para que caminemos juntos hacia un futuro de paz, de justicia
y de verdadera libertad.
Mons. José Adolfo Larregain OFM, arzobispo de Corrientes