Su Excelencia Monseñor Mario Antonio Cargnello, arzobispo de Salta,
Excelencias, Obispos de la Argentina,
Queridos sacerdotes, religiosos y religiosas,
Distintas Autoridades civiles, militares y policiales,
Queridos hermanos y hermanas en Cristo:
1. Introducción. Es para mí una gran alegría estar con ustedes esta mañana para celebrar juntos la Santa Misa aquí, de frente a la Catedral Basílica de Salta, el Santuario del Señor y de la Virgen del Milagro. Agradezco a Su Excelencia Monseñor Mario Antonio Cargnello por su amable invitación para estar con ustedes y celebrar juntos la gran Fiesta del Señor y la Virgen del Milagro.
2. Cercanía del Papa León XIV. Como saben, soy el Nuncio Apostólico, Embajador / Representante Personal del Santo Padre en Argentina. El pasado mes de junio tuve la oportunidad de encontrarme con el Papa León en el Vaticano, y él me confió dos mensajes para ustedes. El primero: ¡Dios los ama! El segundo: ¡El Papa León también los ama! ¡Dios quiere mostrarles su amor y su misericordia! Es un mensaje sencillo, ¡pero qué gran mensaje!
El Papa León les asegura su cercanía espiritual y paternal, así como sus oraciones. Quiere que sepan que Dios los ama y desea mostrarles su perdón y su misericordia. El Santo Padre desea también que crezcan en la fe: fe en el amor y la misericordia de Dios, así como en su fe católica. Como testimonio de esta cercanía y deseo, el Papa León realizará una visita pastoral en Argentina en el mes de noviembre.
3. La Fiesta del Milagro. La Fiesta del Milagro es una de las más importantes de la provincia, donde el pueblo que peregrina en Salta, año tras año renueva su pacto de fidelidad con los santos patronos. Pero, ¿cuál es el significado de este pacto de fidelidad? El Evangelio de esta mañana nos sitúa al final del martes de la Semana Santa. Marca la última aparición pública de Jesús antes de ser arrestado en el Huerto de Getsemaní, juzgado y crucificado. Para ayudarles a ustedes a renovar el pacto de fidelidad, los invito a centrarse en tres afirmaciones que hacen que la última aparición pública de Jesús sea muy significativa.
4. ¡Señor del Milagro, / Cristo Redentor, / del pueblo de Salta / no apartes tu amor!
En primer lugar, Jesús dice: «Ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser glorificado. Les aseguro que si el grano de trigo no cae en tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto» (Juan 12:23). Durante tres años, Jesús había dicho repetidamente que su hora aún no había llegado (cf.. Juan 2:4; 7:6; 7:30; 8:20). Pero ahora, el momento era oportuno; su hora había llegado. Todo estaba listo para que él cumpliera la misión para la cual su Padre lo había enviado al mundo.
Él dice que su misión terminará en gloria, pero no de la manera que muchos esperaban o deseaban. No incitaría a una rebelión para vencer a sus enemigos y gobernar sobre súbditos que se postraran ante él. No; por el contrario, sus enemigos se alzarían contra él y lo vencerían hasta que su cabeza se inclinara en la muerte sobre una cruz. Para Jesús, al igual que para el grano de trigo, el camino hacia la gloria pasaba por la muerte.
Esta es la teología de la cruz que Jesús vino tanto a enseñar como a vivir. No reinaría en un palacio, sino que colgaría de una cruz. No descansaría en un lecho de rosas, sino que sobre la fría piedra de un sepulcro. No sería envuelto en un manto de las telas más finas, sino que en lienzos mortuorios. Aunque muchos considerarían que esta teología no tiene nada de gloriosa, es precisamente aquí donde vemos su gloria con mayor claridad; porque, a través de su muerte, Jesús produciría mucho fruto. Esta es la paradoja central, el misterio clave del cristianismo, que tanto Cristo como los cristianos deben morir a este mundo para ganar la vida, y la razón por la que muchos niegan con la cabeza, con rechazo, ante la teología de la cruz. Pero, como demuestra la analogía de Jesús, es verdad: tanto en la agricultura como en la salvación, la vida surge a través de la muerte. ¿Cuál es el grano del que habla Jesús? Somos nosotros. La vida nos llega a través de la muerte de Jesús. Con su muerte, él ha destruido el poder del pecado para esclavizarnos. Ha destruido el poder de la muerte para retenernos. Para nosotros, la muerte ya no es el final. El sepulcro no es nuestro hogar definitivo. Como Jesús le dijo a Marta: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre» (Juan 11:25-26). Ustedes han venido en peregrinación al Señor y la Virgen del Milagro. Jesús quiere que comprendan claramente su propósito: que él no vino para vivir, sino para morir, para que mediante su muerte pudiera producir una cosecha de vida y salvación, una cosecha de paz: «Señor del Milagro, Tú eres nuestra paz. Oramos para recibirla y servimos para darla.»
5. ¡Señor del Milagro, / Cristo Redentor, / del pueblo de Salta / no apartes tu amor!
El segundo aspecto que observamos en la última aparición pública de Jesús es su humanidad, su vulnerabilidad, su honestidad y su transparencia. Él revela a la multitud las emociones que agitaban en su corazón: «Mi alma ahora está turbada. ¿Y qué diré? "¿Padre, líbrame de esta hora?" ¡Si para eso he llegado a esta hora!» (Juan 12:27-28). Esto es un anticipo de las palabras que pronunciaría unas horas más tarde en el Huerto de Getsemaní: «Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz» (Mateo 26:39).
Jesús conocía los horrores que le deparaba el futuro. Sabía que este incluiría ser golpeado y azotado, escupido y escarnecido, y sufrir el dolor atroz de ser clavado de pies y manos en una cruz. Ninguno de nosotros puede siquiera imaginar cómo fueron aquellas horas finales para Jesús. Pero él conocía cada detalle espantoso mucho tiempo antes. ¿Se supiéramos de antemano que vamos a morir de una manera atroz? Sin duda, haríamos todo lo que estuviera a nuestro alcance para evitar un final así. Pero Jesús no. Jesús no es como nosotros. Él avanzó con firmeza hacia ese destino.
Y, sin embargo, por terrible que fuera el sufrimiento físico, no podía compararse con el aislamiento espiritual y emocional que habría de experimentar. No solo fue abandonado por sus discípulos, sino aparentemente por su propio Padre. Sería una agonía tal que clamaría: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mateo 27:46). Es una buena pregunta, ¿verdad? ¿Por qué abandonó Dios a su único, perfecto y amado Hijo? Jesús nunca había pecado; nunca había hecho daño a nadie. Pasaba cada minuto de cada día cumpliendo la voluntad de su Padre hasta el último detalle. ¿Por qué abandonó Dios a su Hijo? Tú sabes la razón. De hecho, tú eres la razón, y yo también. Fue abandonado por Dios porque cargaba con nuestros pecados. Sabiendo esto, ¿es de extrañar que el alma de Jesús estuviera turbada?
Y, sin embargo, al igual que ocurriría más tarde en el huerto de Getsemaní, Jesús no permite que sus emociones socaven la voluntad de su Padre ni saboteen la misión que vino a cumplir.
En el huerto de Getsemaní, Jesús condicionó su petición a la sumisión de una fe perfecta: «Pero no se haga como yo quiero, sino como quieres tú» (Mateo 26:39). Del mismo modo, aquí dice: «¡Si para eso he llegado a esta hora!». Sí, esta es la razón por la que Jesús fue concebido por el Espíritu Santo y nació de la Virgen María. Esta es la razón por la que pasó tres años predicando, enseñando, sanando y expulsando demonios. No vino a este mundo para vivir, sino para morir. Él mismo lo dijo: el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos (cf. Mateo 20:28). La razón por la que Jesús vino a este mundo fue para soportar todo el horror del infierno, separado de la presencia misericordiosa de su propio Padre, a fin de que nosotros nunca tuviéramos que sufrirlo. Ustedes han venido en peregrinación al Señor y la Virgen del Milagro. En este recorrido, observemos a Jesús abrir su corazón y notemos cuán plenamente humano, cuán vulnerable y cuán transparente era - y demos gracias porque estaba decidido a hacer lo que fuera necesario para salvar nuestra alma. Esta es la verdadera fuente de verdadera paz: «Señor del Milagro, Tú eres nuestra paz. Oramos para recibirla y servimos para darla.»
6. ¡Señor del Milagro, / Cristo Redentor, / del pueblo de Salta / no apartes tu amor!
Esto nos lleva a las últimas palabras de Jesús en su última aparición pública antes de su arresto y crucifixión. Él revela el propósito supremo de toda su vida, de toda su misión en la tierra; dice: «La luz está todavía entre ustedes, pero por poco tiempo. Caminen mientras tengan la luz, no sea que las tinieblas los sorprendan; porque el que camina en tinieblas no sabe a dónde va. Mientras tengan luz, crean en la luz y serán hijos de la luz» (Juan12:35-36). ¿Cuál es el objetivo final de Jesús al avanzar hacia la meta del sufrimiento y la muerte? ¿Acaso busca que sintamos lástima por él? ¿Que lo imitemos? ¿Que nos sintamos motivados a vivir vidas mejores y más santas? No. Su objetivo es muy sencillo: que creamos en él. ¿No es asombroso? En muchos casos, las personas que saben que van a morir pueden pedir a sus amigos y familiares que sigan desarrollando el negocio familiar, que administren responsablemente su herencia o que, de alguna manera, continúen con su legado. En otras palabras, su preocupación es básicamente egoísta: busca influir en la conducta de quienes los escuchan. Pero aquí está Jesús, consciente de los horrores que le aguardaban, y su preocupación no es por sí mismo ni por su legado, sino por los demás; por nosotros: para que todos los que escuchen estas últimas palabras crean en él y sean salvos. Las últimas palabras públicas de Jesús demuestran que su voluntad estaba en perfecta armonía con la de su Padre; ambos desean que todas las personas sean salvas y lleguen al conocimiento de la verdad (cf. 1 Timoteo 2:4).
El objetivo supremo de Jesús es también el nuestro. Nuestro mensaje para la gente de este mundo agonizante no es egoísta ni egocéntrico. No hacemos lo que hacemos para buscar nuestra propia gloria, ni para preservar nuestro legado, ni para nuestro propio beneficio. Tampoco es nuestra meta simplemente mover a las personas a sentir lástima por Jesús, ni a esforzarse por imitarlo, ni a motivarlas a llevar vidas mejores y más santas. No; nuestro mensaje para el mundo es idéntico al mensaje final de Jesús: «Mientras tengan luz, crean en la luz y serán hijos de la luz».
Aquí hay una advertencia seria. Tomemos muy en serio las últimas palabras de Jesús. Ustedes han venido en peregrinación al Señor y la Virgen del Milagro. Hagamos que criar a nuestros hijos en esta luz, invitar a nuestra familia y amigos a bañarse en ella, y escuchar y apoyar la proclamación de esta luz a un mundo sumido en la oscuridad, sea la máxima prioridad de nuestras vidas, tal como lo fue para Jesús. El mundo de hoy día necesita de esta luz, de esta paz: «Señor del Milagro, Tú eres nuestra paz. Oramos para recibirla y servimos para darla.»
7. ¡Señor del Milagro, / Cristo Redentor, / del pueblo de Salta / no apartes tu amor!
Y así concluye la última aparición pública de Jesús antes de su arresto, su sufrimiento y su muerte. Una aparición en la que explica su propósito: que no había venido para vivir, sino para morir, y que mediante su muerte produciría una cosecha de vida y salvación. Una aparición en la que abre su alma -expresando su temor y aversión, muy reales, ante los horrores que habrá de soportar en los días venideros-, pero también su determinación de seguir adelante por ti y por mí. Una aparición en la que revela su objetivo supremo: que muchos se sientan atraídos hacia él por la fe, como luz del mundo, para llegar a ser como él: hijos de la luz. Estas son las enseñanzas fundamentales que el Señor del Milagro nos deja a nosotros y al mundo en su última y significativa aparición pública. Guardémoslas en el corazón.
¡Señor del Milagro, / Cristo Redentor, / del pueblo de Salta / no apartes tu amor!
¡Así sea! ¡Amén!
Mons. Michael W. Banach, nuncio apostólico
Ef 2, 13-18 | Sal. 121, 1-2. 4-9 | Ev. 20, 19-23
I. "SEÑOR DEL MILAGRO, TÚ ERES NUESTRA PAZ"
Queridos hermanos y hermanas: También hoy, como los primeros cristianos, experimentamos la división dentro nuestro y entre nosotros. Estamos divididos entre hermanos, en nuestras familias, en nuestros pueblos, en nuestro país, en el mundo... y, en lo profundo de nuestro corazón, experimentamos la necesidad de la paz; anhelamos la paz. Y escuchamos al autor de la Carta a los Efesios que nos dice: "Cristo es nuestra paz: Él ha unido a los dos pueblos en uno solo, derribando el muro de enemistad que los separaba" (Ef 2,14).
Señor del Milagro, ¿Qué hacer para recibirte y recibir tu paz? En la segunda carta de Pedro se afirma: "Lleguen a ustedes la gracia y la paz en abundancia, por medio del conocimiento de Dios y de Jesucristo, nuestro Señor" (2 Pe 1,2). Se trata de conocerte a Ti, Señor y Dios nuestro.
Nos disponemos a celebrar el Pacto de Fidelidad que marca esta historia de amor entre Tú Señor y este pueblo de Salta y de todos tus devotos y peregrinos. El camino recorrido a lo largo de este tiempo de preparación y de novena es un camino de conocimiento mutuo. Tú nos ves, nos conoces con tu Corazón atravesado por el amor que te permite llegar hasta lo más profundo del corazón de cada uno en un andar que se hace más profundo, más transformador con el pasar de los años. Tú nos ofreces tu amistad y en ese clima nosotros crecemos conociéndote y confiando en Ti cada día.
Nuestra pertenencia a Ti es un eslabón en la cadena que atraviesa la historia de Salta desde los primeros tiempos. Tú llegaste "con tu amor buscando el amor de este pueblo". La conciencia de este amor donado buscando ser correspondido alimenta al que llega a esta tierra desde cualquier lugar del mundo. El sabernos tuyos crea en nosotros un profundo sentimiento de paz, esa paz que nace del sabernos amado, en serio, sin ninguna mezquindad, sin ningún cálculo interesado. Nos amas porque nos amas, nos amas porque eres el Amor. Por eso estamos aquí, para agradecerte y reconocerte como la fuente más pura de la paz que necesitamos y que necesita la humanidad. "Tú eres nuestra paz".
En esta hora, delante de tu imagen bendita y de la imagen de tu Madre, Nuestra Señora del Milagro, queremos pedirte la luz y la fuerza para ser constructores de paz. En este clima, permítanme dirigirme a ustedes, queridos jóvenes, en quienes descansa el presente y el futuro de nuestra patria: "No tengan miedo al amor verdadero". "No tengan miedo a la vida". El amor se recibe como un don y se cultiva como una desafiante tarea; día a día, caricia a caricia, perdón a perdón, diálogo a diálogo. No cedan a la cultura narcisista que mide el amor sólo por el sentir. No tengan miedo de amarse para toda la vida. Desde ese amor que sostiene y alimenta el noviazgo y el matrimonio, comprométanse a crear una familia que sea un reflejo del Dios que es amor; háganlo para nuestros niños, para sus hijos. Ellos tienen necesidad, tienen derecho a respirar el amor de ustedes como pareja. ¡Jóvenes, ámense y amen! Lo necesitamos también los mayores y los ancianos. Ayúdennos a mirar con esperanza el futuro de esta patria que tanto queremos.
II. SEÑOR DEL MILAGRO, DANOS TU PAZ
La paz es, ante todo, un don. Por eso te pedimos: danos tu paz. La constitución pastoral Gaudium et spes del Concilio Ecuménico Vaticano II, afirma que la humanidad no conseguirá construir «un mundo más humano para todos los hombres, en todos los lugares de la tierra, a no ser que todos, con espíritu renovado, se conviertan a la verdad de la paz»[1]. La paz es mucho más que la ausencia de conflictos armados, es "el fruto de un orden asignado a la sociedad humana por su Divino Fundador"[2], un orden que los hombres debemos realizar. Es "el fruto del Dios amor que corresponde a un deseo y a una esperanza inscriptos en lo más profundo del corazón humano". Si no respetamos este anhelo, si no respetamos la ley moral universal que marca en su raíz la condición humana, ¿cómo se puede conseguir el bien de la paz?
¿Quién y qué puede impedir alcanzar la paz? La Sagrada Escritura lo señala: Es la serpiente del Génesis, el ser de "lengua bífida" a quien Juan llama "el padre de la mentira" (Jn 8,44). En la Jerusalén Celeste se excluye a los mentirosos "¡Fuera... todo el que ame y practique la mentira!" (Apoc. 22,8). La mentira corroe y destruye el vínculo entre las personas, enferma la vida de las familias, genera y destruye la confianza, corrompe y prostituye la economía y la política, hace muchas veces invivible la vida social, enfrenta a los hermanos y nos acostumbra a la difamación y a la calumnia como si fuera un deporte que nos va deshumanizando a pasos agigantados.
Sólo Dios puede entrar en nuestros corazones y convertirnos a la paz. "Conviértenos, Señor, para que nos podamos convertir". Conviértenos a la paz. Danos tu paz. Queremos unirnos a este clamor que atraviesa el pontificado de nuestro querido papa León, queremos poner ante el trono del Señor del Milagro, que es su Cruz Redentora, por las manos de Nuestra Señora, a nuestra patria argentina. ¡Señor, danos tu paz!
Cuando nuestra oración es sincera, en su sobreabundancia renueva el vínculo con nuestros hermanos. Al limpiar nuestros ojos nos descubre la verdad de que todo hombre es mi hermano e impulsa a salir de nosotros mismos para ir al encuentro del otro, de mi prójimo, del que nos necesita y va extendiendo nuestros corazones para abarcar a toda persona humana.
Si en la historia de amor del Milagro la llegada de la bendita imagen del Señor y su presencia con la de su Madre en los terremotos de 1.682 marcan y atraviesan la vida de todo salteño y de todo devoto con la certeza del amor de Dios; el Pacto de Fidelidad, que el Pueblo de Salta celebra desde 1845, señala un estilo de vida que nos exige hacernos cargo de nuestros hermanos. Cada uno desde su lugar, su trabajo, su responsabilidad. Lo imploraremos enseguida: "Confesamos que eres el camino, la verdad y la vida, así de los individuos como de las familias, pueblos y naciones; y que lejos de ti y de los esplendores de tu Cruz, sólo se encuentran engaños y amarguras".
Celebrar el Pacto de Fidelidad nos compromete a devolver la verdad a nuestros vínculos, a nuestra vida social. A nosotros, los cristianos, nos urge trabajar por la unidad de la Iglesia, para ofrecer una casa de la verdad y la comunión en la que cada hermano sea respetado y amado en el Señor. Como San Francisco de Asís digamos: "Señor haz de nosotros instrumentos de tu paz".
Que al celebrar la Eucaristía cada domingo, al contemplar al Señor hecho pan, al Cordero de la paz y al comulgar con Él, crezcamos en la conciencia que comulgamos con el Cristo total, comulgamos con todos los hermanos y nos comprometemos a ofrecer la paz.
III. SEÑOR DEL MILAGRO, AYÚDAN OS A SERVIR A LOS HERMANOS SEMBRANDO LA PAZ
Ofrecer la paz. Servir a los hermanos sembrando la paz. Ésta es nuestra tarea. Nos la ha confiado el Señor Resucitado: "¡La paz esté con ustedes! ¡La paz esté con todos ustedes!... Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes".
Permítanme proponer tres tareas que nacen de nuestro bautismo y nos urgen como cristianos:
a. Compartir un lenguaje que promueva y custodie la paz
El papa Francisco en la encíclica Fratelli tutti presenta a san Francisco de Asís como ejemplo de esta tarea: «En aquel mundo plagado de torreones de vigilancia y de murallas protectoras, las ciudades vivían guerras sangrientas entre familias poderosas... Allí Francisco acogió la verdadera paz en su interior, se liberó de todo deseo de dominio sobre los demás, se hizo uno de los últimos y buscó vivir en armonía con todos»[3]. Y el papa León afirma: "Es una historia que quiere continuar en nosotros, y que requiere que unamos esfuerzos para contribuir recíprocamente a una paz desarmante, una paz que nace de la apertura y de la humildad evangélica"[4].
El papa León comenzó su pontificado saludándonos con las palabras de Cristo Resucitado: "Que la paz esté con ustedes... una paz desarmada y desarmante, humilde y perseverante". Son palabras que nos remiten a la espiritualidad del beato Christian de Chergé. Era prior del monasterio trapense de Tibhirine. Ante una amenaza de muerte a la comunidad él escribió: "Señor, ¿tengo derecho a pedir: desármalo, si no empiezo por pedir: desármame y desármanos como comunidad? Es mi oración cotidiana". Fueron secuestrados en marzo de 1996 y ejecutados dos meses más tarde. La Iglesia los beatificó en marzo de 2018 junto con otros mártires de Argelia.
En ellos se inspiró el papa León para pedirnos que seamos capaces de cultivar un lenguaje marcado por palabras y gestos desarmados y desarmantes.
Debemos cultivar un lenguaje que respete, que no insulte, desprecie o maltrate al otro, es una exigencia de nuestro servicio a la paz. Que nuestras familias sean espacios de respeto mutuo, que las escuelas ayuden a crecer en fraternidad social con el buen trato, que los Medios de Comunicación, las redes sociales y las palabras de los líderes que guían a nuestras comunidades construyan puentes de reconciliación y de paz. Recordemos que la agresión es signo de debilidad, no de fortaleza. Nuestra patria necesita una sociedad fuerte, sostenida por la fraternidad y el respeto.
b. Recuperemos la familia, construida según el proyecto del Creador
Enseñaba el papa San Juan Pablo II: "Nuestro Dios, en su misterio más íntimo, no es una soledad, sino una familia, puesto que lleva en sí mismo paternidad, filiación y la esencia de la familia que es el amor. Este amor, en la familia divina, es el Espíritu Santo"[5].
Por eso, y porque la misma vida nos lo enseña, la familia es la realidad humana primera y fundamento natural de la comunidad. En el hogar se entrelazan las generaciones y se transmite una memoria viva que da continuidad interior a la sociedad. Allí donde la familia es sostenida, se fortalece también la estabilidad espiritual y social de las naciones. La familia será siempre la primera escuela de humanidad en la que se aprende, antes que, en cualquier otro lugar, la gramática elemental de la convivencia: recibir la vida, cuidar al otro, perdonar, servir y pertenecer[6].
Recibir la vida. Sí. Si la vida deja de ser reconocida como un valor fundamental, ¿qué futuro pueden tener nuestras sociedades? ¿Puede llamarse plenamente justa una comunidad que deja en la sombra al niño aún no nacido, al anciano, al enfermo, a quien sufre en silencio o a quien depende enteramente del cuidado de los demás? La defensa de la vida humana no es una cuestión parcial ni un interés confesional: es una meta de civilización. Toda vida humana debe ser reconocida y custodiada desde su concepción hasta su ocaso natural, en cada circunstancia de su existencia. Cuando esta certeza se oscurece, los más vulnerables son las primeras víctimas y la ley pierde su significado más profundo: servir y proteger a cada persona. Por eso, la grandeza moral de una nación se manifiesta, sobre todo, en su capacidad de acompañar, proteger y amar aquellas vidas que atraviesan mayor fragilidad[7].
c. Trabajemos por la justicia
Que cada uno de nosotros trabaje fuerte y sostenidamente por crecer en la justicia. Creamos en el valor de lo que hacemos. Así ayudaremos a transformar nuestra sociedad erradicando un poco cada día la corrupción en cualquiera de sus formas. ¡Seamos capaces de soñar en una Argentina mejor! Confiemos en el valor de la justicia vivida y practicada.
Permítanme rogarles a todos un compromiso para erradicar la injusticia: No naturalicemos el uso y la difusión de la droga que está haciendo estragos entre nuestros jóvenes, y también entre niños. El narcotráfico es genocida. Ser cómplices de ese negocio infame es un pecado gravísimo, es un pecado que clama al cielo. En nombre de los que murieron víctimas de la droga, en nombre de los niños y jóvenes que no saben cómo salir de esa esclavitud y luchan, luchan, en nombre de los padres y familias que, impotentes lloran y piden ayuda, digamos: ¡Basta! En nombre de tantas familias que ven crecer la pobreza porque sus propios hijos les roban y les quitan la esperanza, digamos: ¡Basta! En nombre de la sociedad que ve perder a jóvenes bajo nuestros puentes: Digamos: ¡Basta!
Queridos hermanos: No nos cansemos de luchar por un mañana mejor. El bien triunfará. Inspirémonos en nuestros peregrinos. Su audacia y perseverancia suscitan en tantos hermanos una corriente de caridad que transforma a Salta en los días del Milagro en una manifestación de misericordia social. ¿Por qué no hacerlo cada día en nuestra patria? Miremos al Señor que, a lo largo de nuestra vida, sigue con los brazos abiertos para abrazarnos y clavados en la Cruz para esperarnos y tomémonos de la mano de nuestra Señora y Madre, para dejarnos educar por Ella. Amén.
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Notas:
[1] Constitución pastoral Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo contemporáneo, GS 77.
[2] Ibíd. 78.
[3] Francisco, Encíclica Fratelli tutti, FT-4.
[4] LeónXIV, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, 2026.
[5] Juan Pablo II, Homilía en la Eucaristía celebrada en Puebla de los Ángeles, 28 de enero de 1979, 184.
[6] Cfr. León XIV, Discurso al parlamento español, 8.6.2026.
[7] Ibídem.
Queridos hermanos y hermanas, querido pueblo fiel de Salta, peregrinos que han llegado de tantos lugares para vivir este Triduo:
Es una alegría muy grande presidir esta Eucaristía, celebrar junto a ustedes. Quiero agradecer, antes que nada, a Monseñor Mario, que me invitó a predicar en esta Misa: gracias, Monseñor, por su generosidad y por abrirme las puertas de esta Iglesia particular en un día tan importante para Salta.
Y les confieso que es un gozo especial, porque es la primera vez que puedo venir a esta fiesta. Yo fui obispo de Cruz del Eje, en Córdoba, donde también vivimos una celebración muy querida por nuestro pueblo, la de la Virgen de los Dolores. Y precisamente se unen varios motivos importantes: porque este 14 de septiembre se cumplen trece años de la beatificación del Santo Cura Brochero, que fue declarado beato justo en la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz de 2013, en Villa Cura Brochero. Y no por casualidad: Brochero fue un gran devoto de la Cruz. Aquel mismo Cristo, que él mandó a tallar con el rostro de un serrano para que su gente se sintiera identificada al mirarlo, en la Capilla de la Casa de Ejercicios de la Villa del Tránsito, hoy Villa Cura Brochero, es el que va a presidir, en Córdoba, en el predio de FADEA, la Misa que celebrará el papa León XIV en su visita a la Argentina. Por eso hoy nos unimos, con gratitud, a este santo argentino tan nuestro, como lo tituló bien un autor que escribió sobre él: "más nuestro que el pan casero".
Vengo con mucho gusto a esta Catedral que respira fe desde hace más de tres siglos, en medio de estos días en que Salta entera se "estaciona", como dice tan bien el programa de esta fiesta, para encontrarse con el Señor y la Virgen del Milagro. Vengo como peregrino, y sé que me voy a ir de aquí con más de lo que traigo.
Hoy la liturgia nos regala una fiesta: la Exaltación de la Santa Cruz.
Una fiesta que nace de la historia
Esta celebración no es una devoción sin raíces. Nació en Jerusalén, en el siglo IV, cuando se dedicó la basílica construida sobre el Calvario y el Santo Sepulcro, y al día siguiente se mostró al pueblo el leño de la Cruz que, según la tradición, había encontrado santa Elena. Siglos después esa misma reliquia fue robada por los persas, y el emperador Heraclio, antes de ir a la guerra para recuperarla, le ofreció la paz a su enemigo. No se la aceptaron. Y aun así, cuando la Cruz volvió a Jerusalén, la Iglesia no celebró una victoria militar: celebró que el signo del amor más grande de la historia había vuelto a ocupar su lugar entre los hombres.
Por eso hoy no exaltamos un patíbulo, no exaltamos el sufrimiento por el sufrimiento. Exaltamos lo que Dios hizo con ese madero: lo convirtió en el lugar donde el amor le ganó para siempre al mal.
Y ustedes, hermanos de Salta, tienen su propia historia de la Cruz, tan entrañable como aquella. En 1692 la tierra tembló y sacudió esta ciudad. Cuentan que la imagen de la Virgen cayó sin sufrir ningún daño, y que cuando el pueblo sacó en procesión la imagen del Señor, los temblores cesaron. De ahí nació esta devoción que hoy los reúne, y por eso, en este mismo Triduo, sale en procesión la Cruz Primitiva, en memoria de aquella primera procesión de 1692. La devoción del Milagro y la devoción a la Cruz, en Salta, son la misma devoción: la certeza de que Dios no abandona a su pueblo cuando tiembla la tierra, ni cuando tiembla la vida.
La serpiente que muerde y la serpiente que cura
La primera lectura nos llevó al desierto, con un pueblo cansado, harto, que había perdido la paciencia con Dios y con Moisés. Conocemos bien esa sensación. Ese cansancio que a veces nos hace hablar más de lo que deberíamos, quejarnos más de lo que ayuda, perder de vista que Alguien nos está conduciendo, aunque el camino parezca largo y árido.
Y en medio de esa crisis, Dios no le pide a Moisés que haga desaparecer el peligro. Le pide que lo mire de frente. Una serpiente de bronce, levantada sobre una asta, para que el que había sido mordido, con solo mirarla, quedara sano.
Es una imagen fuerte que tiene una enseñanza importante: Dios no cura escondiéndonos el mal, sino invitándonos a mirarlo de frente, y a mirar junto con él el signo de la salvación. Cuántas veces buscamos remedio para lo que nos muerde por dentro -el rencor, el miedo, la culpa, el cansancio de la vida- en cualquier lado menos en el único lugar donde de verdad se cura.
"Es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto"
Y ahí está la clave de todo: el mismo Jesús toma esa imagen del desierto y la lleva a su cumplimiento. Nos lo dijo el Evangelio: "de la misma manera que Moisés levantó en alto la serpiente en el desierto, también es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto, para que todos los que creen en Él tengan vida eterna".
Jesús se pone en el lugar de aquel signo. No para asustarnos con el mal que llevamos encima, sino para que, mirándolo a Él, crucificado por amor, encontremos la curación que nosotros solos no podemos darnos. "Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único" -dice el mismo Evangelio- no para condenarnos, sino para que el mundo se salve por Él.
San Juan Pablo II, que conoció el dolor en carne propia, escribió una carta hermosa sobre esto, "Salvifici doloris". Ahí explica que, en la Cruz de Cristo, "Cristo ha elevado el sufrimiento humano a nivel de redención". No es que el dolor desaparezca. Es que, desde la Cruz, ya no es un pozo sin salida: se puede unir al sufrimiento de Cristo y volverse, de algún modo, fecundo. Así traemos como peregrinos todos un dolor -una enfermedad, una ausencia, una angustia- y lo depositamos a los pies del Señor y la Virgen del Milagro.
"Tú eres nuestra paz"
Ustedes eligieron este año un lema muy lindo y profundo para la fiesta del Milagro: "Señor del Milagro, Tú eres nuestra paz. Oramos para recibirla y servimos para darla". No es casualidad que la Exaltación de la Cruz caiga justo en medio de este Triduo. Porque la paz que le pedimos al Señor del Milagro es exactamente la que brota del mismo lugar del que habla el Evangelio de hoy: del costado abierto de Cristo en la Cruz.
El papa León XIV eligió ese mismo saludo como sus primeras palabras al mundo, apenas asomado al balcón de San Pedro: "la paz esté con todos ustedes". Y meses después, en su mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, la definió con una frase que a mí se me quedó grabada: es una paz "desarmada y desarmante, humilde y perseverante". Desarmada, porque no se construye acumulando poder ni recursos. Desarmante, porque cuando de verdad entra en un corazón, va sacando de a poco todo lo que ese corazón traía guardado para pelear. Es, hermanos, exactamente la paz que ustedes le piden al Señor del Milagro.
No hay paz verdadera que no pase por la Cruz. Se lo digo a un pueblo que sabe pedir con el corazón, que sabe caminar de rodillas, que sabe llorar frente a una imagen y también sabe alegrarse cantando en una procesión: la paz de Cristo no es la ausencia de dificultades. Es la certeza de que, aunque carguemos con la cruz, tenemos esperanza en la resurrección.
Hermanos, en estos días de novena, de vigilia, de procesión, de Gracia, nos llevamos todo lo que estamos viviendo. Aprovechen también para mirar de frente lo que les está doliendo, o siguiendo la palabra, lo que nos está mordiendo por dentro -ese dolor, esa cruz que cada uno lleva, y que nadie más necesita saber- y llévenlo a los pies de la Cruz y de la Virgen del Milagro. Reciban de ahí la paz. Y después, como dice el lema, salgan a servirla, a repartirla: en la propia casa, en el trabajo, en el barrio, con el hermano que tienen al lado.
Que Dios, nuestro Padre, que quiso que su Hijo único sufriera el tormento de la Cruz para salvarnos, nos conceda que, habiendo conocido este misterio en la tierra -y ustedes lo conocen mejor que nadie, porque lo viven cada septiembre en las calles de Salta- alcancemos un día el premio de su redención en el cielo.
Que la Virgen del Milagro, que estuvo de pie junto a la Cruz de su Hijo, nos acompañe en este camino.
Amén.
Mons. Santiago Olivera, obispo castrense
Queridos hermanos de Federación
y peregrinos llegados de muchos lugares de la diócesis:
¡Bienvenidos a esta fiesta en honor a nuestra patrona, María Inmaculada de la Concordia!
Después de habernos preparado durante nueve días, estamos celebrando con mucha alegría la Eucaristía en este anfiteatro y después peregrinaremos juntos, cantando y orando hacia la iglesia parroquial. Muchas son las razones por las que hoy venimos a dar gracias, y también son muchos los pedidos que traemos para que su corazón de madre los reciba. Ponemos delante de la mirada de María el rostro de tantos hermanos abatidos por el sufrimiento: los enfermos, los pobres, los angustiados, los que viven sin esperanza, los esclavizados por todo tipo de adicciones. A todos ellos, los encomendamos al abrazo maternal de la Virgen María, a su oración e intersección.
Este año estamos animados por el lema: "Con María peregrinamos a un nuevo Emaús". Ciertamente, este lema hace referencia al conocido pasaje del Evangelio según san Lucas[1], que nos narra la historia de dos discípulos, que después de la sepultura de Jesús, entristecidos peregrinan desde Jerusalén a Emaús. Y, porque están tristes y han perdido la fe, no pueden reconocer a Jesús que ha resucitado y que, acercándose, camina con ellos y comienza a enseñarles la Palabra de Dios; para que comprendan que el Hijo de Dios debía morir y resucitar. Y lo mejor, viene al final: en la casa, Jesús resucitado bendice el pan, lo parte y se los da como alimento. Y en ese momento se les abrieron los ojos de la fe y reconocieron a Jesús vivo, resucitado, quién caminó con ellos, les enseño la Palabra y se hizo presente en la Eucaristía, el Pan de la Vida eterna.
Este relato nos enseña que Jesús camina con nosotros y se nos hace cercano y presente en la Palabra y en la Eucaristía. Es el mismo Jesús Resucitado, quien nos predica el Evangelio y nos alimenta con el sacramento de su Cuerpo y de su Sangre.
"Con María peregrinamos a un nuevo Emaús". María tiene que acompañarnos para que también nosotros hagamos la experiencia de los discípulos de Emaús. Tenemos que reconocer la compañía de Jesús en la peregrinación de nuestra vida; tenemos que aprender a dejar que Él nos enseñe cuando nos predica la Palabra; tenemos que dialogar con Él cuando hacemos oración con el Evangelio y tenemos que dejarnos sorprender por la vida nueva de Jesús en cada celebración de la Eucaristía. También nosotros, como los discípulos de Emaús, después de alimentarnos con la Palabra y la Eucaristía deberíamos compartir con los demás la alegría de habernos encontrado con Jesús. Ojalá que también nosotros podamos testimoniar: ?¿No ardía acaso nuestro corazón cuando nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras??.
"Con María peregrinamos a un nuevo Emaús". María siempre nos lleva a Jesús. Su misión es entregarnos al Salvador. Ella quiere que nos dejemos encontrar por Jesucristo; que nos confiemos al amor del Corazón de su Hijo; que escuchemos su Evangelio y lo hagamos vida; que lo sigamos por el camino de la vida, aprendiendo siempre de Él; que en cada Eucaristía podamos reconocer y confesar a Jesús resucitado.
Pidamos a María Inmaculada de la Concordia, en este día de su fiesta, que nos ayude a encontrarnos con Jesús, en la Palabra y en los Sacramentos, para que ?arda? nuestro corazón de fe y amor, y para que seamos sus testigos haciendo el bien y contagiando la alegría del Evangelio. Amén.
Mons. Gustavo G. Zurbriggen, obispo de Concordia
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Nota:
[1] Cfr., Lc.24,13-35.
Excelencias,
Queridos sacerdotes, religiosos y religiosas,
Distintas Autoridades civiles,
Queridos hermanos y hermanas en Cristo:
1. Introducción. Como saben, soy el Nuncio Apostólico, Embajador / Representante Personal del Santo Padre en Argentina. El Papa León les asegura su cercanía espiritual y paternal, así como sus oraciones. Como testimonio de esta cercanía y deseo, el Papa León realizará una visita pastoral en Argentina en el mes de noviembre.
Es para mí una gran alegría estar con ustedes esta mañana para celebrar juntos la Santa Misa. Agradezco a Su Excelencia Monseñor Pedro María Laxague por su amable invitación para estar con ustedes y celebrar juntos el 50 Aniversario de la fundación de la Diócesis de Zárate-Campana. Saludo también S.E. Mons. Justo Rodríguez Gallego, Obispo auxiliar, y al Obispo emérito.
Quisiera saludar de manera especial a los casi 400 jóvenes misioneros de la Diócesis que se han reunido aquí este fin de semana para un retiro. ¡La Iglesia los necesita! La Iglesia los necesita para predicar a Jesucristo, para compartir la alegría que proviene de conocerlo, para dar testimonio de la verdadera y duradera esperanza que solo de él procede. ¡Gracias por su testimonio!
Para esta celebración, los invito a recordar el pasado con gratitud, a celebrar el presente con alegría y a mirar al futuro con esperanza. Y los invito a hacerlo conmigo, recordando tres preguntas que Jesús hizo en el Evangelio de San Juan, utilizando cada pregunta como un prisma para evaluar el pasado, el presente y el futuro.
2. Gratitud por el pasado: «¿Qué quieren?». Las primeras palabras que Jesús pronunció en el Evangelio de San Juan fueron estas dos: «Al día siguiente, estaba Juan otra vez allí con dos de sus discípulos y, mirando a Jesús que pasaba, dijo: «Este es el Cordero de Dios». Los dos discípulos, al oírlo hablar así, siguieron a Jesús. Él se dio vuelta y, viendo que lo seguían, les preguntó: «¿Qué quieren?»» (Jn 1:35-38).
¿Qué querían quienes se reunieron en este lugar aquel sábado 27 de marzo y aquel miércoles 21 de abril de 1976?
Aquel año no fue ni el mejor ni el peor de los tiempos para la Iglesia ni para el País. El entonces Papa Pablo VI estaba lidiando con ordenaciones sacerdotales ilícitas por parte de un obispo que luchaba por aceptar la implementación del Concilio Vaticano Segundo en la Iglesia. En 1976, el Papa Pablo VI creó 19 Cardenales, entre ellos Juan Carlos Aramburu, entonces Arzobispo de Buenos Aires, y el Beato Eduardo Francisco Pironio, quien, en ese momento, era Pro-Prefecto de la Congregación para los Institutos Religiosos y Seculares del Vaticano.
El entonces Arzobispo Pio Laghi era el Nuncio Apostólico en representación del Papa Pablo VI en Argentina mientras consultaba con los obispos de San Isidro y San Nicolás de los Arroyos sobre la creación de una nueva diócesis en una zona de rápido crecimiento del norte de la Provincia de Buenos Aires: Baradero, Campana, Escobar, Exaltación de la Cruz, Pilar, San Antonio de Areco y Zárate.
Seguramente Ustedes recuerden aquel período de la historia argentina - dejare los detalles a los historiadores - pero en ese contexto de eventos políticos y sociales, aun así, acontecían milagros, momentos de esperanza, como lo es la creación de la Diócesis de Zarate-Campana, que nace en este contexto 50 años atrás.
¿Qué y a quién han querido en los primeros cincuenta años de su existencia diocesana? Como los discípulos a la orilla del mar, Ustedes han querido, quieren y siempre querrán a Jesús, el Cristo, el Hijo de Dios, y al quererlo, han manifestado, manifiestan y siempre manifestarán su deseo de ser «Sembradores de Esperanza».
Con la guía y la ayuda de sus obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas, buscar y encontrar a Jesús ha sido su tarea primordial: en la Misa, en los demás sacramentos de la Iglesia, en quienes sufren de tantas maneras, hacer a Jesús real, hacer a Jesús presente, hacer que Jesús gobierne sus corazones y sus hábitos, es lo que han buscado hacer. En aquellos días de marzo y abril de 1976, heredaron mucho. ¿Qué les pidieron entonces sus líderes religiosos? Nada más que guiar, acompañar y decidir, como Iglesia local, la mejor manera de difundir el Evangelio de Jesucristo y hacer presente a Jesús. Sus obispos, Mons. Alfredo Mario Espósito Castro, Rafael Eleuterio Rey, Óscar Domingo Sarlinga y Pedro María Laxague, junto con su obispo auxiliar, Mons. Justo Rodríguez Gallego, les ayudaron a crecer a partir de aquel momento crucial. Y también lo hicieron la labor de evangelización y el arduo trabajo de muchísimos fieles.
Una diócesis, sin embargo, es mucho más que su obispo: es el Pueblo de Dios que busca a Jesús y, al encontrarlo, lo comparte con los demás: «Sembradores de Esperanza». Hoy damos gracias a Dios con el corazón lleno de gratitud por esas increíbles mujeres y hombres sobre cuyos hombros nos apoyamos, quienes ayudaron a esta Iglesia local de Zárate-Campana a buscar, encontrar y compartir a Jesús, y a ser «Sembradores de Esperanza».
3. Alegría por el presente: «¿Qué tenemos que ver nosotros?».«Y como faltaba vino, la madre de Jesús le dijo: «No tienen vino». Jesús le respondió: «Mujer, ¿qué tenemos que ver nosotros?» (Jn 2:3-4). . . . Al levantar los ojos, Jesús vio que una gran multitud acudía a él y dijo a Felipe: «¿Dónde compraremos pan para darles de comer?» (Jn 6:5).
La obra del pasado continúa sin cesar, pero el presente también puede darles a ustedes alegría. La respuesta del Señor al comentario de María, que podría evitarle a alguien una gran vergüenza, fue preguntarle: ¿Qué tenemos que ver nosotros?». Ver el sufrimiento, el hambre, la sed entre nosotros siempre es nuestra responsabilidad. El poder de nuestro potencial como Iglesia es enorme.
Conocen muy bien los actuales momentos difíciles, saben que es preciso dedicar esfuerzo para poder ayudar y asistir a los más necesitados, uniendo fuerzas como familia, como Iglesia, donde Jesús nos une y hermana, rezando y trabajando por el bien común de todos. Siguiendo el lema de este aniversario: «Sembradores de Esperanza», estarán trabajando por y para el Reino de los Cielos, amando a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo. Es decir, ser «Sembradores de Esperanza».
Ustedes viven la invitación del Evangelio a amarse unos a otros, a cuidarse unos a otros precisamente porque el Señor cuidó a los anfitriones de la boda y a la multitud a la orilla del lago. Han hecho de las desgracias ajenas su preocupación constante, generosa y desinteresada.
Su fe es principalmente una realidad interior. Su amor, que refleja el amor de Cristo en su vida, ministerio y muerte, es verdaderamente una alegría para contemplar y compartir con el mundo en que vivimos. Su alegría proviene de vivir el Evangelio, no solo de leerlo. Su misión es ser siempre «Sembradores de Esperanza».
4. Esperanza por el futuro: «Muéstranos al Padre».«Felipe le dijo: «Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta». Jesús le respondió: «Felipe, hace tanto tiempo que estoy con ustedes, ¿y todavía no me conocen? El que me ha visto, ha visto al Padre. ¿Como dices: «Muéstranos al Padre»?» (Jn 14:8-10).
Para el futuro, su esperanza es que el Señor continúe: «muestrales a Ustedes el Padre». Quizás recuerden que Moisés clamó y suplicó a Dios en el Libro del Éxodo: «¡Muéstrame tu gloria!» (Es 33,18). Si Felipe, el discípulo de Jesús, después de tres años de comunión íntima con el Señor, aún no lo comprende, ¿cuánto más necesitan ustedes para garantizar que Cristo se encuentre en su comunidad, la Diócesis de Zárate-Campana? ¿Cuánto más necesitan ser «Sembradores de Esperanza»?
Nuestro Dios se encuentra encarnado, no en argumentos, y solo esto puede satisfacer nuestra esperanza. Deben continuar en el futuro construyendo la iglesia como una comunidad que extiende la realidad de Cristo a nuestro mundo. Deben seguir siendo para otros un lugar donde la presencia de Dios sea evidente y definitoria. Deben seguir siendo el lugar donde los miembros de su comunidad sean llamados a mostrar los efectos de ese Espíritu en la caridad, en el amor y en la fidelidad, el perdón por el cual vivimos el Evangelio. Deben continuar a ser las puertas abiertas de esta nueva iglesia, que recibirá a los que sufren, a los que están desesperados, a los que tienen muchos problemas, a quienes, por la fe, sus vidas serán transformadas en nombre del Señor Jesús. Si las vidas cristianas no son auténticas, harán que Dios parezca falso y corren el gran riesgo de perder miembros y relevancia.
Dios está desapareciendo rápidamente de nuestra cultura, incluso aquí en Argentina. El futuro es desafiante, pero también lo era hace cincuenta años. Tienen a su disposición, en su arsenal de gracia, todo lo que necesitan para continuar la obra de los últimos cincuenta años en las décadas venideras. Pero recuerden: el deseo de la próxima generación es: «Muéstranos». Necesitan saber que Dios, Cristo, permanece en nosotros y en la Iglesia que amamos. Deben invitar al futuro a sumergirse en el amor y el ejemplo de Cristo, para no correr el riesgo de hundirse en el profundo abismo de la incredulidad. Están llamados a seguir siendo «Sembradores de Esperanza».
5. Conclusión. Mi oración hoy día es muy sencilla: también es una oración de esperanza. Junto a su Obispo, Mons. Pedro María Laxague, junto con su auxiliar, Mons. Justo Rodríguez Gallego, como sus pastores, que ustedes, en el futuro, irradien las bendiciones del pasado, la alegría del presente, y que su esperanza futura descanse en la realidad constante de que quienes buscan a Jesús, lo encontrarán siempre en su Iglesia, en su comunidad eclesial y en ustedes mismos.
¡Sembradores de esperanza! ¡Qué gran comienzo! ¡Sembradores de esperanza! ¡Qué presente glorioso! ¡Sembradores de esperanza! ¡Qué futuro brillante, aunque desafiante!
¡Gracias, Señor, por habernos mostrado el Padre en los primeros cincuenta años de la Diócesis de Zárate-Campana! Ahora, guíanos con tu luz bondadosa hacia los próximos cincuenta.
¡Así sea! ¡Amen!
Mons. Michael W. Banach, Nuncio Apostólico en la Argentina
SALUDO CON EL OÍDO EN EL EVANGELIO Y EN EL PUEBLO
Queridos hermanos y hermanas reunidos en esta Semana Social:
Con atenta escucha nos congregamos en esta Semana Social 2026, en un espacio providencial de discernimiento comunitario.
Lo hacemos en un momento histórico desafiante: un verdadero cambio de época signado por la irrupción vertiginosa de las tecnologías digitales, la robótica y la inteligencia artificial, que están redefiniendo las bases de nuestra convivencia, de nuestro trabajo, de nuestras instituciones y de nuestra comunicación.
Ante este panorama de profundas mutaciones, que el Papa León XIV ha iluminado proféticamente en su reciente carta encíclica Magnifica humanitas, nos convoca una pregunta de fondo:
¿Qué tipo de ciudad estamos construyendo en este siglo XXI?
Hoy nos convoca el principio del Bien Común, un pilar permanente e insustituible de la Doctrina Social de la Iglesia (DSI) que brota del encuentro de la Palabra de Dios con las vicisitudes históricas. Este principio no es una abstracción teórica; es la "forma social de la dignidad" humana. De la dignidad, unidad e igualdad de todas las personas deriva la exigencia moral de que todo aspecto de la vida comunitaria, económica y política se ordene a la realización del bien común para encontrar su plenitud de sentido [61, 164].
I. LOS BIENES QUE INTEGRAN EL BIEN COMÚN:
DEL COMPENDIO A LAS NUEVAS FRONTERAS DE MAGNIFICA HUMANITAS
Para comprender la anchura y profundidad del bien común, debemos recordar que este no consiste en la simple suma de los bienes particulares de cada sujeto del cuerpo social. Al ser de todos y de cada uno, es y permanece común, porque es indivisible y porque sólo juntos es posible alcanzarlo, acrecentarlo y custodiarlo de cara al futuro. Consiste en ese "conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro más pleno y más fácil de la propia perfección" [1].
¿Cuáles son esos bienes concretos que integran este precioso patrimonio?
1. Los bienes fundamentales según el Compendio de la DSI
El Compendio nos enseña que las exigencias del bien común están estrechamente vinculadas al respeto y a la promoción integral de la persona y de sus derechos fundamentales[2]. Estos bienes indispensables se traducen en exigencias sociales y servicios esenciales de cada época:
2. Los bienes que aporta la encíclica Magnifica humanitas
La revolución tecnológica y digital que nos atraviesa no es moralmente neutra. El Papa León XIV nos advierte que el principio del destino universal de los bienes debe extenderse hoy para abarcar también los frutos del reciente progreso tecnológico, inmaterial y cognitivo. En este sentido, Magnifica humanitas incorpora bienes indispensables a la fisonomía del bien común contemporáneo[3]:
II. LA RELACIÓN ENTRE JUSTICIA SOCIAL Y BIEN COMÚN: RAÍZ ÉTICA Y HORIZONTE DE EQUIDAD
Para comprender a fondo el dinamismo social de nuestra fe, debemos profundizar en la íntima y recíproca relación que existe entre la justicia social y el bien común. Estos dos principios no corren por vías paralelas; son las dos caras de una misma exigencia ética que sostiene la arquitectura de una sociedad verdaderamente humana.
La Justicia Social como condición estructural del Bien Común
La Doctrina Social de la Iglesia nos enseña de forma constante que no es posible alcanzar un bien auténticamente común si no se respetan las normas de la justicia distributiva y social. Mientras el bien común es el horizonte de plenitud -ese conjunto de condiciones que permiten el florecimiento de todos-, la justicia social es el criterio estructurador y la herramienta indispensable para hacerlo real[4].
La justicia social, que representa un desarrollo de la justicia general, regula las relaciones colectivas según el criterio de la observancia de la ley moral y civil, abordando de manera directa la dimensión estructural de los problemas económicos y políticos. Pío XI ya nos advertía que la distribución de los bienes creados debe ajustarse a las normas de la justicia social para corregir la enorme y dramática distancia entre unos pocos cargados de grandes]riquezas y la multitud de necesitados. Por tanto, la justicia social es la que garantiza la equidad en el punto de partida y en el camino, asegurando que el bien común no degenere en un mero bienestar materialista para unos pocos privilegiados, desprovisto de su dimensión trascendente y de su razón de ser.
La mirada desde los últimos y la conversión de las estructuras
En la era actual, la justicia social nos exige un cambio de perspectiva radical: comenzar la mirada desde los últimos. Para la comunidad cristiana, la justicia social es una forma concreta de seguimiento de Jesús, quien se identificó con los pequeños, hambrientos y extranjeros. La justicia social se reconoce por la capacidad de un orden social, económico y político de permitir a todos -y en particular a los más frágiles- vivir de manera realmente humana[5].
Esta perspectiva nos ayuda a comprender que las grandes heridas de nuestra patria no son meros "accidentes de recorrido" o fruto únicamente de decisiones individuales equivocadas. La justicia social desenmascara la existencia de estructuras de pecado -CORRUPCIÓN-, mecanismos socioeconómicos y culturales que producen desigualdad de forma casi automática, y exige un esfuerzo constante de conversión personal y social para transformarlas en estructuras de solidaridad. Además, la justicia social posee una dimensión reparadora indispensable: busca recomponer los lazos rotos e integrar activamente a quienes históricamente han sido excluidos y marginados[6].
La Justicia Social en la era de la Inteligencia Artificial
Esta relación entre justicia social y bien común adquiere una urgencia sin precedentes frente a la revolución tecnológica. Como nos enseña Magnifica humanitas, la justicia social no es una reflexión que deba dejarse para un momento posterior, como si la economía debiera limitarse a producir riqueza y el Estado debiera intervenir únicamente al final para distribuirla. La justicia social afecta a todas las fases de la actividad económica -desde la obtención de recursos y la financiación hasta la producción y el consumo- y cada elección tecnológica o financiera tiene implicaciones morales ineludibles[7].
Un orden social justo en el siglo XXI exige que impidamos el surgimiento de nuevas formas de exclusión epistémica y digital. Esto significa garantizar un acceso igualitario a las oportunidades de la innovación, proteger a los más pequeños del descarte silencioso de los algoritmos opacos, y someter a control público el uso de los datos y de las tecnologías, de modo que el criterio de éxito no sea la optimización del beneficio privado, sino la inmensa dignidad de cada persona y el bien de los pueblos[8]. En definitiva, la justicia social es la vía por la cual el bien común se encarna en estructuras de equidad, asegurando que la proximidad fáctica se transforme en una verdadera fraternidad.
III. CÓMO CONSTRUIR PUENTES PARA CUIDAR Y PROMOVER EL BIEN COMÚN:
LA CIVILIZACIÓN DEL AMOR EN LA ERA DIGITAL
Frente a un horizonte marcado por la fragmentación, la polarización estéril y la globalización de la indiferencia, los cristianos no podemos ser espectadores mudos o resignados. Estamos llamados a ser constructores de comunión y no arquitectos de Babel. Para tender puentes firmes en medio de las divisiones de nuestra sociedad, la Doctrina Social y Magnifica humanitas nos proponen cuatro itinerarios pastorales concretos:
1. Pasar de la interdependencia padecida a la solidaridad deseada y elegida
Nuestra época está marcada por una conectividad sin precedentes; experimentamos una interdependencia global en tiempo real a través de las redes financieras y de comunicación. Sin embargo, esta red fáctica a menudo se sufre de forma asimétrica, como una carga impuesta que uniformiza las culturas y profundiza las dependencias. El gran puente consiste en transformar esta interdependencia fáctica en una solidaridad deseada, elegida y consciente. Esto requiere darnos cuenta de que la vida, el dolor y las heridas de nuestros hermanos nos pertenecen, superando la indiferencia y actuando con un profundo sentido de corresponsabilidad ética[9].
2. Reconstruir desde la sinodalidad y la cultura del encuentro
La edificación de una sociedad fraterna exige un trabajo paciente de diálogo honesto y construcción de consensos fundamentales que permitan configurar un proyecto compartido para todos. Frente a la grieta y la confrontación, debemos cultivar incansablemente la "cultura del encuentro"[10]. En la vida eclesial y social, esto se traduce en la práctica de la sinodalidad, que consiste en caminar juntos, escuchando con atención, valorando la vida asociativa y permitiendo que las decisiones se tomen de forma participativa, evitando las imposiciones opacas de las cúpulas de poder.
3. Desarmar las palabras
En este camino de tender puentes, nuestra primera y más urgente herramienta es el cuidado del lenguaje. El Papa León XIV nos exhorta con fuerza en Magnifica humanitas: "Desarmemos las palabras y contribuiremos a desarmar la tierra". En un clima de agresiones mediáticas y polarización digital que destruye reputaciones, los cristianos debemos optar por un lenguaje evangélico: claro, veraz, libre de humillaciones o enfrentamientos estériles. Debemos elegir palabras que sanen, que abran caminos al diálogo y que denuncien con firmeza la injusticia sin destruir jamás la dignidad del hermano [11].
4. Forjar alianzas amplias y compartidas
Ninguna institución o persona puede salvarse sola de las tormentas de nuestro tiempo. Necesitamos forjar urgentes alianzas educativas y sociales entre la política, las instituciones educativas, las familias y las realidades del voluntariado. El cuidado de los niños y jóvenes, asediados por modelos de negocios digitales que monetizan su tiempo y atención, requiere un esfuerzo coordinado para educar en el pensamiento crítico, la higiene de la atención, la libertad interior y el uso responsable de la tecnología.
IV. ACTITUDES Y ACCIONES QUE NO FAVORECEN O DESTRUYEN EL BIEN COMÚN:
LAS TORRES DE BABEL DE NUESTRO TIEMPO
El bien común es un bien arduo de alcanzar, ya que exige la capacidad de buscar el bien de los demás como si fuera el bien propio. Con dolor, debemos reconocer que existen actitudes y acciones recurrentes en nuestra sociedad argentina que debilitan, fragmentan y destruyen el bien común, configurando verdaderas estructuras de pecado que atentan contra la dignidad de las personas:
1. El individualismo egoísta y la cultura de la indiferencia
La mentalidad que reduce la existencia humana a la autorrealización material individual, desentendiéndose del sufrimiento del prójimo. Este individualismo se manifiesta cuando los ciudadanos o sectores sociales exigen con vehemencia la tutela de sus derechos individuales pero rechazan o eluden sus correlativos deberes sociales. Esta cerrazón individualista rompe los lazos de reciprocidad, dejando a los más vulnerables sumidos en la marginación y en el desamparo.
2. El paradigma tecnocrático y la idolatría del lucro desmedido
La pretensión soberbia de edificar el progreso de la sociedad basándose exclusivamente en la optimización técnica, la eficiencia algorítmica y el dominio digital, excluyendo la dimensión moral y espiritual del ser humano. Esta actitud, que hemos llamado el "síndrome de Babel", se une estrechamente al afán de ganancia desmedida y a la sed de poder "a cualquier precio". La consecuencia es una economía deshumanizada que recurre a la especulación desregulada, a la usura que estrangula a las familias y a la concentración del saber tecnológico en manos de monopolios opacos.
3. La mentira sistemática, la post-verdad y la polarización digital
El uso sin escrúpulos de las plataformas de comunicación y los sistemas de IA para difundir narrativas sesgadas, noticias falsas y discursos de odio en el espacio público. Esta desinformación planificada destruye la verdad de los hechos como bien común, socava los cimientos de la democracia y siembra la sospecha y la agresión en las relaciones sociales, inhabilitando el diálogo honesto y fragmentando a las comunidades en trincheras ideológicas irreconciliables.
4. La explotación laboral y las nuevas formas de esclavitud
Aquellas lógicas de producción y competitividad desalmadas que consideran al trabajador no como una persona, sino como un mero "costo de producción" o un engranaje reemplazable. En nuestro tiempo, esto se traduce en la precariedad extrema, la desocupación masiva -que priva al ser humano del derecho fundamental de aportar a la creación- y la explotación silenciosa e invisible de millones de personas que alimentan los sistemas algorítmicos, reproduciendo formas intolerables de trata y sometimiento.
5. El desprecio de la fragilidad y el descarte de la vida humana
La corriente antropológica deshumanizante que absolutiza la eficiencia y considera el límite natural, la vejez, el dolor y la enfermedad como "errores" que deben eliminarse o superarse mediante el dominio técnico. Al negar el valor del límite, se debilita sutilmente la conciencia de la dignidad inviolable de toda vida, abriendo la puerta a la eutanasia, al descarte de las personas ancianas o con discapacidad, y al vilipendio del derecho a la vida de los niños por nacer.
6. El falso realismo político y la resignación ante la violencia
Aquella actitud que califica la paz, el desarme y el diálogo como utopías ingenuas o irracionales, normalizando la guerra, el armamentismo tecnológico y la violencia como instrumentos aceptables para resolver los conflictos. Este cinismo político pisotea el derecho de los pueblos y reduce el drama de las víctimas y de los civiles inocentes a meras variables secundarias u "objetivas" de la geopolítica.
V. RESPONSABILIDADES RESPECTO DEL BIEN COMÚN: UNA TAREA DIFERENCIADA Y COMPARTIDA
La Doctrina Social de la Iglesia nos recuerda que la edificación del bien común es un deber de todos los miembros de la sociedad, y ninguno puede sentirse exento de colaborar según sus capacidades. Sin embargo, para evitar caer en abstracciones, es necesario señalar las responsabilidades diferenciadas y complementarias de los diversos actores sociales:
1. De cada ciudadano: Conversión del corazón y participación consciente
Los auténticos cambios sociales solo son duraderos si están fundados sobre un cambio decidido de la conducta personal. Ninguna reforma de estructuras funcionará si no hay personas renovadas por la honradez, la justicia y la veracidad. A cada ciudadano le compete:
2. De las familias: Célula vital y primera escuela de virtudes sociales
La familia es un bien social primario, la célula primera y vital de la sociedad, de carácter natural, que posee derechos originales que el Estado debe respetar y nunca absorber. La familia tiene la responsabilidad de:
3. De las instituciones sociales y organizaciones intermedias: El pulmón de la sociedad civil
Las organizaciones de la sociedad civil -sindicatos, asociaciones profesionales, cooperativas, empresas y voluntariado- constituyen el tejido vital que impide que la persona sea aplastada por el centralismo del Estado o la lógica desalmada del libre mercado. Estas instituciones tienen la responsabilidad de:
4. De las instituciones del Estado: Garantía de cohesión y subsidiariedad
La edificación del bien común es la razón de ser misma de la autoridad y de las instituciones políticas. El Estado debe garantizar cohesión, unidad y una justa organización para que todos puedan progresar sin dejar a nadie atrás. El Estado tiene la grave responsabilidad de:
5. De la Iglesia: Evangelización, ministerio profético y coherencia interior
La Iglesia no persigue fines de organización temporal ni propone modelos técnicos de economía o política; su fin es esencialmente de orden religioso y moral. Sin embargo, precisamente por esa misión que atañe a todo el hombre, la Iglesia no puede permanecer relegada al ámbito meramente privado e íntimo de las conciencias. La Iglesia tiene la sagrada responsabilidad de:
CONCLUSIÓN: LEVANTAR LO CAÍDO CON LA VALENTÍA DE LOS ARTESANOS DE LA PAZ
Queridos hermanos y hermanas: el proyecto de una "civilización del amor" en esta era digital no es una utopía ingenua, sino un reclamo exigente, sumamente realista y urgente que nos llama a ponernos en marcha hoy mismo.
No nos dejemos paralizar por el desánimo o el escepticismo de quienes contemplan con amargura las ruinas de nuestra sociedad. Miremos la figura inspiradora de Nehemías. Al escuchar el dolor de su Jerusalén herida, él no se quedó quejándose; lo llevó a la oración ante Dios, pidió ayuda, organizó al pueblo y, con una tenacidad incansable, reconstruyó las murallas ladrillo tras ladrillo.
Cada uno de nosotros, en los campos concretos donde nos toca vivir y actuar -en nuestros hogares, en el trabajo diario, en las aulas escolares, en los laboratorios de investigación, en los sindicatos, en las bancas legislativas y en nuestras comunidades parroquiales- estamos llamados a asumir nuestro tramo de muralla. Seamos piedras vivas de esta edificación solidaria.
¡Muchas gracias, bendiciones y mucha paz!
Mons. Dante Braida, obispo de La Rioja y presidente de la Pastoral Social
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Notas:
[1] Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia. Pontificio Consejo de Justicia y Paz. CEA. 2005. N° 164
[2] Ibid. N° 166
[3] León XIV. Magnifica humanitas. Oficina del Libro CEA. 2026. NN 59-64.
[4] Compendio. Ibid. N° 201b.
[5] Cf. León XIV. Ibid N°77.
[6] Cf. Ibid N° 79.
[7] Cf. Ibid N° 162.
[8] Cf. Ibid N° 80.
[9] Cf. Ibid. NN 43-44.
[10] Cf. Ibid N° 44
[11] CF. Ibid N° 214
A las personas, familias e instituciones de la ciudad de San Francisco.
Queridos amigos:
¡Paz y Bien!
Este 9 de septiembre se cumplen 140 años de la fundación de nuestra ciudad por José Bernardo Iturraspe. Poco después, el 3 de octubre, se conmemoran 800 años de la muerte de san Francisco de Asís.
Además del nombre, ¿tiene algo más para darnos a los sanfrancisqueños el Santo de Asís?
Creo que la Providencia ha querido unir a san Francisco con nuestra ciudad en una misión compartida: edificar una comunidad que se distinga, sobre todo, por su belleza humana y espiritual.
Francisco nació en Asís hacia 1181-1182, en un tiempo de grandes cambios: difusión del libre comercio, crecimiento de las ciudades, prosperidad de unos y pobreza de muchos; y una Iglesia tensionada entre el poder mundano y el anhelo de volver al Evangelio. Joven alegre y con cualidades de líder nato, Francisco soñó ser caballero, adquiriendo renombre y fama. Su padre, hábil y rico comerciante, vio su potencial para continuar sus negocios.
La guerra con Perusa, la prisión y la enfermedad lo dejaron inquieto, con un vacío interior que Dios empezó a llenar: los valores que movían a muchos jóvenes como él no alcanzaban para colmar su sed espiritual.
Hacia 1205-1206, en la iglesita de San Damián, escuchó la voz del Crucificado que le pedía reparar su Iglesia: no solo esa capilla en ruinas, sino una restauración espiritual de más largo alcance. Luego, en la Porciúncula, el Evangelio le mostró el camino: una vida pobre, simple y misionera. Francisco lo abrazó con alegría y radicalidad. Su vida transformada por el encuentro con Cristo y el Evangelio impactó en la Iglesia y en la sociedad de su tiempo? y sigue haciéndolo: muchos, entonces y ahora, se sienten tocados e inspirados por él para vivir a fondo la propia vocación.
***
Una ciudad es una red de personas, familias, barrios e instituciones. Es convivir: aprender juntos a construir el bien común. Cada generación debe volver a elegir lo bueno, lo bello, lo justo y lo verdadero, sobre todo, pensando en la ciudad que queremos dejarles a los chicos que están creciendo. Como hicieron nuestros mayores.
San Francisco es una fuente viva de inspiración, un verdadero don de Dios para nosotros. En el panel central de nuestra catedral se funden Cristo crucificado y Francisco: lleva las cicatrices del Señor y el Evangelio en su mano. Su mirada nos invita a no quedarnos en el Santo, sino a mirar a Jesús, centro de su vida. Francisco aprendió que es más de Cristo que de Asís. En Él encontró a un Dios bondadoso, justo y compasivo que le enseñó a cuidar de los demás, especialmente de sus hijos más frágiles, incluyendo en ese cuidado a toda la creación, nuestra ?casa común?.
Al final de su vida, en el primer párrafo de en su Testamento escribe: «El Señor me dio de esta manera a mí, hermano Francisco, el comenzar a hacer penitencia: porque, como estaba en pecados, me parecía extremadamente amargo ver a los leprosos. Y el Señor mismo me condujo entre ellos y practiqué la misericordia con ellos. Y al apartarme de ellos, aquello que me parecía amargo se me convirtió en dulzura del alma y del cuerpo». Ese fuerte cambio interior nació un compromiso: amar, cuidar y acompañar a los más frágiles.
A quienes vivimos en esta ciudad joven y próspera, san Francisco nos desafía a no cerrar los ojos, a salir de la comodidad y a abrazar a los más vulnerables. "La calidad de una civilización -enseña León XIV- se mide no por el poder de sus medios, sino por el cuidado que sabe ofrecer, por la capacidad de reconocer un rostro en el otro y no una función" (MH 114). El amor a Dios es inseparable del amor, el cuidado y la responsabilidad hacia los demás.
Una ciudad siempre enfrenta fuerzas que deshumanizan. Por eso debemos cuidar las verdades y virtudes que nos hacen más humanos: Dios primero, la dignidad de cada ser humano, la justicia y la caridad, la honestidad y la compasión, etc.
El Evangelio, la fe cristiana y el humanismo que de allí brotan, desde el comienzo, han sido la fuerza vivificante de nuestra convivencia. Sostuvieron a nuestros mayores, lo hacen también ahora con nosotros; no podemos dejar de transmitírselos a las nuevas generaciones.
Al conmemorar estos 140 años de la ciudad y los 800 del tránsito de san Francisco, renovamos ese legado de fe para las nuevas generaciones. Que su ejemplo -humildad, amor, esperanza, cuidado de la creación y construcción de comunidad- guíe a todos los sanfrancisqueños por el camino de la fraternidad y de la amistad social.
Con mi bendición.
Mons. Sergio O. Buenanueva, obispo de San Francisco
En este mes de septiembre, dedicado a celebrar y reflexionar sobre la educación, estamos llamados a renovar nuestro compromiso con la formación integral de los niños, niñas, adolescentes y jóvenes. En un tiempo marcado por la velocidad, la inmediatez y la hiperconectividad, se vuelve urgente y necesario volver a la raíz y preguntarnos sobre la misión más profunda de la escuela.
Educación no es solo trasmitir contenidos, preparar para una profesión o adquirir competencias tecnológicas; es, ante todo, acompañar a la persona a descubrir que su vida posee una magnífica dignidad, que es un don y que merece ser cuidada y vivida con sentido.
Argentina, tierra de grandes educadores, se prepara para recibir el próximo mes de noviembre, al sucesor de Pedro, el Papa León XIV. Sus preocupaciones y búsquedas, se traducen en palabras e impulsos, que deben animar nuestra tarea cotidiana cargando de sentido nuestra vida de educadores:
Cultivar la vida interior: En su carta apostólica Diseñar nuevos mapas de esperanza, el Papa León XIV nos invita a custodiar el corazón y desplegar una «constelación de esperanza». Cultivar la vida interior es enseñar a redescubrir el silencio, la reflexión y la apertura a la trascendencia para encontrar verdaderas razones para vivir, esperar y amar.
Lograr relaciones fiables y tiempo compartido: En la encíclica Magnifica humanitas, el Pontífice nos recuerda que: «La escuela no está llamada a perseguir la velocidad del mundo digital, sino a ofrecer aquello que lo digital por sí solo no puede dar: tiempo compartido para aprender y relaciones fiables».
Renovar nuestra vocación que evangeliza: En su mensaje a la comunidad educativa, León XIV nos señala que la labor pedagógica consiste en "evangelizar educando y educar evangelizando", haciendo de la cátedra un lugar de servicio y entrega para superar el aislamiento y el individualismo.
Queridos educadores, no somos ajenos a las dificultades y desafíos que a diario atraviesan... gracias por todo lo que están haciendo. Gracias por ser sensibles a la importancia estratégica de la escuela en el cumplimiento de la misión de la Iglesia y por dedicarle tiempo, afecto, energía y preocupación. ¡Que este mes de la educación nos encuentre sedientos por cultivar un camino interior que nos ayude a construir un mundo más humano!
Los saludamos afectuosamente, asegurando nuestra oración a los pies de Nuestra Señora de Luján, Patrona de nuestra Patria.
Los obispos de la Comisión Episcopal de Educación
Conferencia Episcopal Argentina
Hermanos del Equipo de Animación Bíblica de la Pastoral (ABP), les envío estas líneas con ocasión del "mes de la Biblia", para que ustedes lo reflexionen y lo compartan con todas las pastorales de nuestra Prelatura de Humahuaca.
El 30 de setiembre se recuerda y se celebra la fiesta de san Jerónimo, traductor de la Biblia del hebreo y del griego al latín.
Con ocasión de honrar a este gran santo, la Iglesia nos propone dedicar todo el mes de setiembre al "mes de la Biblia".
En la enseñanza o doctrina de los padres de la Iglesia y en el magisterio de los últimos Papas, encontramos la exhortación a todos los cristianos, a nutrirnos de la Palabra de Dios expresadas en la Sagrada Escritura.
Acudir a la Palabra de Dios, debe ser parte de nuestra identidad, debe moldear nuestro corazón, nuestro estilo de vida cristiana.
El papa Benedicto XVI nos enseña: "La Iglesia se funda sobre la Palabra de Dios, nace y vive de ella", es por ello que todas "las actividades habituales de las comunidades cristianas, las parroquias, las asociaciones y los movimientos, deben interesarse realmente por el encuentro personal con Cristo que se comunica en su Palabra" (VD n.73).
También el Papa Francisco nos indicaba: "Toda la evangelización está fundada sobre la Palabra de Dios, escuchada, meditada, vivida, celebrada y testimoniada. Las Sagradas Escrituras son fuente de la evangelización".
Por lo tanto, hace falta formarse continuamente en la escucha de la Palabra. La Iglesia no evangeliza si no se deja continuamente evangelizar. Es indispensable que "la Palabra de Dios sea cada vez más el corazón de toda actividad eclesial" (EG n.174).
Podemos decir entonces con mucha claridad y convicción, la Palabra de Dios es el fundamento y alimento de nuestro ser cristiano, sin ella, se desdibuja o diluye nuestra identidad y nuestra vida espiritual de cristianos.
Necesitamos poner a Jesucristo y su proyecto en el centro de nuestras vidas y en nuestras comunidades cristianas; necesitamos escuchar a Jesús que nos habla desde el Evangelio.
Para que esto suceda, debemos acudir a las Sagradas Escrituras de manera habitual y constante, no sólo en el mes de la Biblia, sino a lo largo de toda nuestra vida cristiana. En la Iglesia se ha optado como propuesta y proyecto la Animación Bíblica de la Pastoral, como una instancia pedagógica para renovar nuestro encuentro con la persona de Cristo y su Evangelio.
En este "mes de la Biblia", dejemos que Dios siembre en nuestro corazón, su Palabra que es Buena Noticia.
Finalmente, podríamos hacernos la siguiente pregunta, que nos dará el termómetro de cuánto la Sagrada Escritura tiene importancia en nuestra vida... ¿Nuestra vida cristiana, nuestras actividades pastorales (encuentros de grupos, comunidades, catequesis, fiestas patronales, novenas, etc.), en qué medida están iluminadas y sostenidas desde la Palabra de Dios?
Reciban mis saludos y bendiciones.
P. Félix Paredes, obispo de la Prelatura de Humahuaca
Queridos hermanos: hoy la Iglesia se alegra y da gracias a Dios por la ordenación diaconal de Matías y Sebastián. No estamos simplemente ante la incorporación de dos nuevos colaboradores para las tareas pastorales. Estamos celebrando una llamada, una respuesta y un envío. El Señor los llama a configurarse con Cristo servidor y a hacer de su vida un servicio humilde, generoso y concreto a Dios y a su pueblo.
Las tres lecturas que hemos escuchado nos ofrecen un verdadero itinerario para comprender el ministerio diaconal.
En el libro de los Números, Dios toma a los levitas y los entrega para el servicio de la comunidad. Hay una expresión muy significativa: son "donados" al Señor. El ministerio no es una conquista personal ni un reconocimiento de méritos. Es un don recibido para ser entregado. Matías y Sebastián, desde hoy, pertenecen de un modo nuevo al Señor y, precisamente por eso, son enviados a servir a los hermanos.
El libro de los Hechos nos presenta una situación muy concreta de la primera comunidad cristiana. Había necesidades, personas que requerían atención, y los Apóstoles comprendieron que la misión debía organizarse para que nadie quedara desatendido. Entonces la comunidad elige a hombres de buena fama, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría, para este servicio.
Aquí encontramos algo esencial: el diaconado nace en el corazón de una Iglesia que quiere cuidar a las personas. No tiene su origen en una lógica burocrática ni en la distribución de tareas, nace de la caridad. El diácono es aquel que ayuda a que la comunidad no pierda de vista a los pequeños, a los necesitados, a quienes pueden quedar al margen.
El Evangelio nos lleva todavía más profundamente. Jesús, en la noche de la Última Cena, se levanta de la mesa, se quita el manto, toma una toalla y lava los pies de sus discípulos. Esta escena contiene el corazón del ministerio que hoy reciben Matías y Sebastián. Jesús no les dice aprendan a mandar, a organizar, a ocupar un lugar importante. Les dice con su gesto aprendan a servir. El Señor se arrodilla delante de sus discípulos, se hace servidor, se pone a los pies de aquellos que ama.
Por eso, queridos Matías y Sebastián, el diaconado comienza de rodillas, No solamente ante el altar sino ante la vida concreta de nuestros hermanos. Allí donde hay una herida que cuidar, una persona que escuchar, una familia que acompañar, un pobre que necesita ser recibido, un enfermo que espera una visita, un joven que busca un sentido, allí tiene que estar el corazón del diácono. El servicio cristiano consiste en entregar la vida y muchas veces el más fecundo será silencioso, escondido, sin aplausos ni reconocimiento. Como el agua que lava los pies: nadie la celebra, pero deja limpia, renovada y fresca la vida del hermano.
Tengamos siempre presente de dónde nace este ministerio, proviene del amor de Cristo. No permitamos que este don se convierta en una función, costumbre o rutina. Cada vez que proclamen el Evangelio, recuerden que primero deben dejar que la Palabra transforme su propia vida; en el servicio en el altar, recuerden que están llamados a hacerlo también fuera del templo; cuando se acerquen a una persona, háganlo reconociendo en él al mismo Cristo.
Hoy confiamos especialmente a Matías y Sebastián a la intercesión de la Virgen. Que María, mujer disponible y servidora, les enseñe a decir cada día, con la vida: "aquí estoy Señor". Tengamos presente la imagen de esta noche: el Señor arrodillado ante sus discípulos. Ese es el camino, es el ministerio, es el corazón del diaconado. Que toda la Iglesia, al verlos servir, pueda reconocer en ustedes el rostro humilde de Cristo que "no vino para ser servido, sino para servir".